Oh, Bangkok

7 02 2016

 

Hago ejercicios de extrañamiento.

Arroz de verduras en domingo, en la pequeña cocina de mi pisito, con vistas al skyline.

No lo hago por nostalgia, sino porque vivo aquí. Soy yo, en esta circunstancia.

Va por vosotros.

Va por vosotros.

La alcachofa de por aquí no ensucia las manos. La diminuta cebolleta –spring onion, la llaman- es muy sabrosa. El arroz salvaje: me sale mejor si lo cuezo aparte y luego lo remato salteándolo en el wok con las verduras y un buen chorro de soja baja en sodio.

He abierto una botella de vino blanco, chileno. Mujer española de edad madura que contempla Bangkok desde un piso 16, con una copa de vino blanco chileno en la mano, y se siente extranjera en todas partes.

El domingo estuve en lo de Jim Thompson, ya os subí alguna foto, en el Museo de Seda. Podéis buscarle en Google, tiene una historia curiosa. Estuvo en Vietnam, trabajó para la CIA, desapareció en el jardín de un hotel de Sureste Asiático, cuando sólo parecía ya un colonial más, éste dedicado a las sedas. Antes de cenar en el hotel, dijo a sus acompañantes que iba a dar una vuelta por el jardín. Nunca volvió.

Yo casi no llegué porque a mí y a mi amigo colombiano Bernardo Gutiérrez, el taxista, que llevaba gafas de culo de vidrio, sonrió afablemente y dijo que conocía el sitio cuando le mostré el mapa en el Iphon. Nos dejó en el quinto esguince (pero el esguince llegó después, por la tarde), y luego vinieron un par de estaciones de skytrain y una larga caminata, que toleré con entusiasmo.

Verduras salteadas. No olvidéis soja ni curry.

Verduras salteadas. No olvidéis soja ni curry.

Comimos en el Museo -no dejéis de hacerlo, si venís: es un restaurante buenísimo, lo mejor del complejo-, y luego, en la boutique, que es muy cara y conservadora, como si siguiera las normas estéticas de Camila Parker-Bowles, compré algunos chales. Dicen que la tienda grande, en otro barrio, es mucho mejor, pero tipo Liberty.

Esa tarde, la del domingo, después la dedicamos al centro Siam; los niños para escoger los libros que les regalo -regalar libros a los niños es lo mejor que un adulto puede hacer para sí mismo-, y comprar Chance de Chanel, que olvidé mi frasco de viajero en el avión.

Pero hubo un desnivel y sufrí un traspiés, no de Maruja, sino de cualquiera. Torcedura de tobillo por mal estado del firme. Montamos una procesión. Yo entre los dos chicos -Javier, como osado corresponsal que es- y Mónica, la Gran Estratega, como audaz reportera y no menos sagaz madre. Total, lo pasé muy bien. Acabamos cenando penne arrabiata en un italiano, cerca de mi casa.

Siguieron unos días de reposo, tres novelas de Fred Vargas, Bangkok por la ventana e incursiones de amigos trayéndome cosas. El esguince mejoró, y el viernes noche, ¡tachán!, la nuit.

Las brujitas de Macbeth, versión Iphone.

Las brujitas de Macbeth, versión Iphone.

Vino María, amiga española -Bernie ya se había vuelto a Camboya-, que nos citó en un japonés magnífico, uno que, además, en vez de agujeros en el suelo -lo más frecuente- tiene mesas de madera, rectangulares. Es una especie de mesón japo, con pañuelos de seda colgados con escenas de luchas entre dioses feroces, y alguna pareja de esas que tanto abundan aquí, hombre mayor occidental y jovencita thai. Él era una especie de montaña, y ella, una pulguita que se acurrucaba contra él para agradecerle el collar de fantasía que acababa de comprarle. Habría sido tierno, de no adivinar que uno de los dos perdía. Aunque quién sabe.

Si venís, pedid erizos, y el tempura de nécora.

Luego fuimos a un local de moda, a por la copa. Música muy alta y gente que disfruta mucho -sofisticados todos, muy modernos, ricos y del régimen, parece- haciéndose selfies y enseñándoselas.

Feliz extrañamiento.

Feliz extrañamiento.

El capítulo extrañamiento -ser extranjera en todas partes, ensayar aquí para serlo mejor cuando regrese a Barcelona- alcanzó sublimes cimas cuando, el sábado, envalentonada por mi experiencia de la noche anterior, salí para hacer compras. En la tabla de un garito había varios montones de diarios, y en uno, en inglés, leí la tapa que, en grandes caracteres y a muchas columnas, anunciaba el hallazgo en el río de un catalán presuntamente troceado por otro catalán.

Lo que es la vida, pensé, mientras caminaba con la ayuda de mi bastón hacia la farmacia. Lo que es la vida. Qué lejos estoy hasta de mí.



Más foticos

2 02 2016
Una tienda de masajes, en mi calle. La he de probar.

Una tienda de masajes, en mi calle. La he de probar.

Vista del templete, ya reconstruido, donde atentaron terroristas hace meses.

Vista del templete, ya reconstruido, donde atentaron terroristas hace meses.

Todo es armonioso en el recinto del Museo.

Tranquilidad y elegancia en el Museo de la Seda Jim Thompson.Todo es armonioso en el recinto del Museo.

 

Muestrario de capullos de seda.

Muestrario de capullos de seda.

 

Un tercer frikie encantador nos acompaña y saluda.

Un encantador de turistas nos acompaña y saluda.

Este guapo chico personifica a alguien, al pie del Skytrain.

Este guapo chico personifica a alguien, al pie del Skytrain.

En la acera, una figura mitológica.

En la acera, una figura mitológica viviente.

De repente, el silencio y la belleza de un parque.

De repente, entre el bullicio, el silencio y la belleza de un parque.

Juegos de adolescentes que se sienten observadas por la extranjera.

Juegos de adolescentes que se sienten observadas por la extranjera.

Lectura bajo la sombra amarilla.

Lectura bajo la sombra amarilla.

No son muñecas hinchables sino mujeres usadas como reclamo de motos.

No son muñecas hinchables sino mujeres usadas como reclamo de motos.



Bangkok, reportaje gráfico

1 02 2016
Falso exotismo. Esta foto me la hizo Mónica a la entrada de su edificio, en donde, como en muchos boques importantes, hay instalado un templete para complacer a los dioses. Si ampliáramos la imagen veríamos el Bangkok real. Urbano, populoso, multiocupado y muy, muy Blade Runner.

Falso exotismo. Esta foto me la hizo Mónica a la entrada de su edificio, en donde, como en muchos bloques importantes, existen templetes para complacer a los dioses. Si ampliáramos la imagen veríamos el Bangkok real. Urbano, populoso, multiocupado y muy, muy Blade Runner. El que més me gusta, de lo que he visto hasta hoy.

Esta imagen se acerca más a la realidad. Aunque lo más interesante es que no aparece, y es el lugar desde el que está tomada, uno de los numerosos pasadizos elevados, metacalles que conducen del Skytrain -rren bala elevado que conecta los distintos puntos de la ciudad- a los centros comerciales, enormes, abundantes, un mundo dentro de otro mundo, en donde comprar se confunde con vivir, o todo es uno.

Esta imagen se acerca más a la realidad. Aunque lo más interesante es lo que no aparece, y es el lugar desde el que está tomada, uno de los numerosos pasadizos elevados, metacalles que conducen del Skytrain -tren bala elevado que conecta los distintos puntos de la inmensa ciudad- a los centros comerciales, enormes.

Pantallas gigantescas, como la que en Blade Ranner alentaba a dejar la Tierra por una urbanización planetaria más respirable, salpican Bagkok con tal cantidad de spots ublicitarios de marcas globales que, al final, se neutralizan entre sí, pero componen un fascinante mosaico.

Pantallas gigantescas, como la que en Blade Ranner alentaba a dejar la Tierra por una urbanización planetaria más respirable, salpican Bagkok con tal cantidad de spots publicitarios de marcas globales que, al final, se neutralizan entre sí.

Seguimos arriba. En realidad toda esta magia futurista apenas envuelve el ritual cotidiano de la supervivencia. Levantarse, caminar, trabajar, comprar, alimentarse, caminar, acostarse. Como en cualquier lugar del mundo, pero con iconografía futurista.

Seguimos arriba. En realidad toda esta magia futurista apenas envuelve el ritual cotidiano de la supervivencia. Levantarse, caminar, trabajar, comprar, alimentarse, caminar, acostarse. Como en cualquier lugar, pero con iconografía futurista.

Exhibición de bolsos en una tienda cara de uno de los Malls o Markets. Material japonés y dependientas ceremoniosas. Ah, en esos malls, los porteros saludan militarmente y a veces hasta te sueltan un taconazo.

Exhibición de bolsos en una tienda cara de uno de los Malls o Markets. Material japonés y dependientas ceremoniosas. Ah, en esos malls, los porteros saludan militarmente y a veces hasta te sueltan un taconazo. Hay ascensoristas que van de úsares.

A la entrada del Siam, dicen que el Market más importante -y eso significa el más grande-, una escalofriante figura: la mujer s´lo piernas y brazos que contempla el paso del Skytrain con sus ojos inexistentes, ser efímero asomada a un balcón si aire.

A la entrada del Siam, dicen que el Market más importante, una escalofriante figura: la mujer sólo piernas y brazos que contempla el paso del Skytrain con sus ojos inexistentes, ser efímero asomada a un balcón sin apenas aire.

Desde esta otra perspectiva, todavía me parece más escalofriante: piernas, brazos, vagina. Manos para comprar, piernas para recorrer tiendas, vagina para complacer. La Descerebrada. Deseada.

Desde esta otra perspectiva, todavía me parece más escalofriante: piernas, brazos, vagina. Manos para comprar, piernas para recorrer tiendas, vagina para complacer. La Descerebrada Deseada.

Un último vistazo, por hoy, al Bangkok más chocante. Las pantallas de publicidad componen un mosaico de complicidad entre el que se disuelve el ciudadano-consumidor.

Un último vistazo, por hoy, al Bangkok más chocante. Las pantallas de publicidad componen un mosaico de complicidad entre el que se disuelve el ciudadano-consumidor.



Bangkok 1: No hay como irse para volver

27 01 2016

 

Resulta sorprendente lo bien y pronto que me acostumbro a lo extraordinario. Pienso en ello en la madrugada de Bangkok, que es vuestra incipiente noche, sentada en la taza del WC en postura almodovariana, mientras contemplo, a través del hueco de la puerta y de la cristalera del ventanal, la silueta de los rascacielos de esta ciudad en cuyo palacio el Rey y Ella bailotearon para Broadway y el cine, aunque, en la realidad, Yul Brynner -o sea, el monarca Mongkut- fue el primero en darse cuenta, astutamente, de que, para que Occidente -en su caso, los británicos- le permitiera ser un rey absolutista, lo primero que tenía que aprender era modales a la usanza occidental, de lo que, en la vida como en la ficción, se encargó la gobernante inglesa Anna Leonowens, encarnada sucesivamente, como sabéis, por la inmortal Deborah Kerr y la valiente Jodie Foster. Rey no ha habido más que uno, es decir, Yul.

Pero seguramente es lo extraordinario lo que a mí me gusta considerar ordinario.

Escuché hace un poco -desde esta latitud: seis horas más tarde- un post del A vivir, que son dos días, entrevista a Fabricio Caviano, enseñante/periodista/humanista con el que solía cruzarme en Barcelona cuando había gente más interesante con la que cruzarse, y, hablando de que todos los niños tienen un juguete interior que los maestros deberían cuidar, contó que el suyo había sido, desde siempre: viajar y conocer gente.

Hermano del alma, pensé.

¿Recordáis, si lo habéis leído, que al principio de “Diez veces siete” comento que me habría gustado ser, de madura como ahora soy, comentarista internacional a la manera de la periodista mayor que sale en “Missing”? Pues he vendido mi piso para poder permitírmelo, mientras hago lo que más me gusta. Viajar, conocer gente. Averiguar historias. Sin salario pero también sin jefes. Sin otros límites que los que me impone el cuerpo. Ah, el cuerpo, esa gran historia.

Pero ahora he de contaros la venta de mi piso, que es pura magia potagia, como casi todo en mi vida.

Una guapa mujer llamada Catalina entró en mi ya ex edificio y le preguntó a Neus si se vendía algún piso, que tenía un jeque árabe o así interesado en la finca. Neus, conocedora de mis estrecheces económicas -pero dignas y, sobre todo, superiores a lo mal que lo pasa hoy mucha gente-, se apresuró a contármelo. “Que suba”. No me gustan los jeques árabes, pero ve tú a saber. Y fui. Efectivamente, los jeques susodichos están más interesados en jacuzzis que en fincas catalogadas, pero un egipcio, un hombre de negocios que adora estar cerca del mar y para quien la fundamentalista Alejandría no resulta ya cómoda (deduzco, aunque no me lo dijo), y que, además, tiene negocios en Europa -fabrica bolígrafos y material de colegio: ¿no es maravilloso mi salvador Mahmud?-, ese egipcio está enamorado de Barcelona, a donde su hermano y él viajan a menudo para comprar inmuebles.

El mío -ex mío, en parte lo era- se parece mucho, en limpio y pulcro, al Edificio Yacubian. ¿Cómo no podía Mahmud enamorarse? Hizo lo que nunca, personarse en casa, y ahí me encantó: me dio la mano con firmeza, y yo deduje -de nuevo- que es un egipcio de los que podrían ser romanos, barceloneses, madrileños, marselleses, florentinos, atenienses…

En conclusión, pagó por lo que vale, no por lo que cuesta la que fue la casa de mis sueños, y yo me he trasladado a un delicioso apartamento más pequeño, en la misma calle, muy cerca, por lo que seguiré disfrutando de mi calidad de vida. Tenía el viaje a Bangkok ya organizado -para quince días, un mes ahorrando, quizá-, pero desde que se produjo el Hecho Determinante he decidido quedarme un par de meses para empezar a hacer lo que realmente quería. Fisgar en el Sudeste Asiático, conocer China, saber de qué va esta vaina de futuro implacable que se está imponiendo desde los millones de vidas que por aquí bregan. Me parece que no me va a gustar lo que viene, pero qué apasionante poder permitirme contarlo.

Y qué suerte, haber podido seguir dándole cuerda a mi juguete interior. Como comentó Neus, muy almodovariana también ella:

-Con lo que tú has hecho por el mundo árabe, anda que no es justo que un egipcio te devuelva algo.

No es justicia -no hice gran cosa-, es magia.



Vaya, venga, voy

14 01 2016

Así empieza mi artículo de hoy:

Hay algo espléndido, germinal, en este estrépito con que se azotan las diferentes mareas en el Congreso, incluso aquella que, yerta, se queda varada en la orilla como un pez muerto, un pez con barba que observa boquiabierto a los jóvenes, con sus pelos y sus mochilas y su bebé. Eso es lo mejor: la profunda perplejidad del hombre que nunca estuvo allí para enterarse de lo que vale un peine, y que aún hoy no comprende la medida de la peineta que se le ha mostrado: menos de lo que queríamos, más de lo que esperaba.

Entero, en @eldiario.es