Abundando en lo que comentaba acerca de la devolución por fin de obra del señor Corbacho al señor Montilla para que nos alegre más aún -si cabe- las elecciones autonómicas catalanas, he de decir que yo habría preferido a la Chacón o incluso al cardenal Tarancón, que aunque está muerto resultaría mucho más animado.
No sé si ir a la urna con un cirio o con una viuda del señor Clicqot
Con gratitud acepto la regañina de don Marçal Font (Badalona, 1980), licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Barcelona, respecto a que Libropesía y otras adicciones, libro del que reproduje un fragmento del prólogo escrito por Alberto Manguel (ver entrada Párrafos sobre el leer), es una antología de textos clásicos seleccionada por el propio señor Font, traductor de novela, ensayo y poesía, y cuya obra literaria ha pisado escenarios y revistas. Asimismo regenta la revista Ave Fénix, especializada en libro viejo.
Otra de las antologistas, la señora María Hernández (Barcelona, 1982), es doctorada por la Universidad de Barcelona con una tesis sobre la obra teatral de Quevedo. Ha rescatado manuscritos inéditos y participado en publicaciones como la Revista de Erudición y Crítica o le cool. También es poeta, narradora, artista plástica, traductora y madre.
La tercera de los eruditos injustamente ninguneados en mi post es la señora Julia Ibarz (Reus, 1979), que ha estudiado ciencias y letras. Vive en el teatro del mundo. Traduce, lee, escribe poco y piensa sobre todo cuando el tiempo se lo permite. Cree en el destino, la suerte y la casualidad. Es por arte y por palabra. No hay nada más.
Espero haber rectificado mi error reproduciendo aquí el contenido de la solapa. Por si hace falta: “Este libro se terminó de imprimir en los talleres de Romanyà Valls, en el mes de octubre del 2.009″.
Ahí está, firmando autógrafos el tío -en unos días su libro de memorias A Journey se ha convertido en un best-seller. Tony Blair, siempre a flote. Coincidiendo con su reaparición -parece que se ha puesto a dieta antes- como escriba de sí mismo, se inicia el enésimo intento de una operación de paz en Oriente Próximo, algo en lo que nadie cree pero que le sirve a Obama para hacerse la foto. Este individuo, Blair, que confiesa que su segundo Gordon Brown le ponía de los nervios y le hacía pimplar más de la cuenta, y que presume de haber apoyado la guerra de Irak por motivos religiosos, se está forrando. En su momento se descubrió que cobraba de una compañía petrolera que tiene intereses en Irak.
Decía lo de su libro en coincidencia con lo de Oriente Próximo porque, precisamente, el susodicho señorito se encuentra en nómina de Naciones Unidas como enviado por ella en el conflicto. Cabe preguntarse si es imparcial. Bueno, siempre ha pertenecido al lobby pro-israelí Labour Friends of Israel. Durante la masacre perpetrada en Gaza por Israel entre finales de 2008 y principios de 2009, Blair estuvo de vacaciones navideñas con su familia, sin privarse de comprar en Armani, en Londres.
Tiene una fundación con su nombre para que personas de diferentes religiones se reúnan y reconcilien ante el Altísimo. Es decir, tiene lo que los políticos anglosajones llaman “un fondo de pensiones”.
Cómo me gustaría que, de repente, le creciera una conciencia. Y que tuviera que vivir con ella el resto de su vida.
En qué manos estuvo el mundo: un abstemio cristiano renacido, uno que bebía para soportar las presiones del cargo y, como monaguillo, el nuestro, que desisto de describir porque se describe solo.