Los locutores que hoy daban la noticia de que Corea del Norte ha bombardeado la isla Peregil de allá estaban en trance orgásmico. Jadeaban. Es una característica informativo-vocal que vengo observando en el locutorío patrio desde que, el 11-S, el terrorismo islámico tuvo a bien proporcionarles en directo la noticia del día. Se acostumbraron a narrar las desgracias como si estuvieran allí: Fulanito coge el avión y avanza y ¡pum! Así que ya no distingo entre la desazón que me causa el evento y la que me provocan los gemidos excitados del narrador de turno.

En todo caso, pinta mal. Mis amigos Nuria Tesón y Miguel Ángel Sánchez, periodistas que residen en El Cairo, tuvieron a bien llevarme a ver la embajada de Corea del Norte en la capital egipcia. La tienen ornada con escaparates en donde figuran incontables fotos del Líder del Máximo Tupé, así como del Máximo Gordito Heredero, y de gestas e inauguraciones sin cuento. Bueno, uno puede esperar lo peor de gente con esas trazas.

Pero lo peor condimentado con el peor periodismo vociferante es -cómo decirlo-, Máximo Peor.