En efecto, me hice en muchos bares, y otros lugares de perdición, como las redacciones. Yo nací pobre en una familia pobre y viví en hacinamiento en casa de mis parientes. No viví mal, me cuidaban y mi madre era muy proveedora. Pero cuando empecé a crecer necesité independencia. A partir de los catorce años me puse a trabajar y el poco dinerito que me quedaba para mí me lo gastaba en un cine, un libro… y un café con leche para leer ese libro hasta las diez y poder disfrutar de soledad en un recinto cálido, antes de volver a casa a dormir en el mismo cuarto con mi madre. Desde entonces he conocido muchos cafés, muchos bares, muchos camareros. Y aunque desde los veintipocos viví ya sola, sigo yendo a los cafés, a los bares, incluso a restaurantes de los que me hago habitual. A leer, a escribir, a reflexionar, a estudiar a la gente, a charlar con el personal. Dani lo sabe bien, aunque entonces no se atreviera a hablar conmigo. Pero nos veremos en Gijón en septiembre, y entonces te abordaré yo. Gracias a todos por cuidar de nuestro chiringuito. Ahora me pongo con el libro.

Ah, olvidaba decir que dejé las redacciones y me acogí a los beneficios distantes de la conexión internáutica cuando el consejo de administración empezó a mandar demasiado, cuando los empresarios iniciaron la carrera bursátil que nos ha conducido hasta aquí. Pero sí hay periodistas, y muchos de ellos son jóvenes y están tan desesperados, o más, que los veteranos arrumbados, porque se mueren de ganas de hacer cosas. No les dejan, en nombre del mercado. No saben, las empresas que antes fueron serias, que cuanto más trivialicen la información, más lectores perderán. El futuro está en la prensa digital, no hay que desanimarse. Hasta luego.