Ayer permanecí ausente de este lugar que tanto me importa y os voy a contar brevemente por qué.

Empecé el día de lo más animosa e inspirada, y me disponía a encerrarme unas tres o cuatro horas con la novela; a continuación, tocaba post. Sin embargo, las cosas sucedieron de otra forma. Vino a casa N., mi técnico informático-amigo, a traerme el nuevo ordenador, el Toshiba en el que os escribo ahora.

Pasamos una mañana estupenda, me ayudó a reparar otros aparatos caseros. Entre tanto, una de las dos enanitas que habitan en mi cerebro ya se había puesto a envenenar: «Sal a comer fuera, llevas cinco horas con estos cachivaches, te mereces un poco de vidilla».

La otra enanita, la cumplidora, me amenazó con castigarme si lo hacía. Sé muy bien cómo son sus castigos, los sufro a menudo, tanto en periodismo como en literatura: me manda la culpa, la culpa esa traicionera que encadena y paraliza.

Lo que yo no sabía es que la culpa por no escribir en mi blog también existe. Bueno, ayer la descubrí. Os prometo que intentaré que no regrese.