Ahí está, firmando autógrafos el tío -en unos días su libro de memorias A Journey se ha convertido en un best-seller. Tony Blair, siempre a flote. Coincidiendo con su reaparición -parece que se ha puesto a dieta antes- como escriba de sí mismo, se inicia el enésimo intento de una operación de paz en Oriente Próximo, algo en lo que nadie cree pero que le sirve a Obama para hacerse la foto. Este individuo, Blair, que confiesa que su segundo Gordon Brown le ponía de los nervios y le hacía pimplar más de la cuenta, y que presume de haber apoyado la guerra de Irak por motivos religiosos, se está forrando. En su momento se descubrió que cobraba de una compañía petrolera que tiene intereses en Irak.

Decía lo de su libro en coincidencia con lo de Oriente Próximo porque, precisamente, el susodicho señorito se encuentra en nómina de Naciones Unidas como enviado por ella en el conflicto. Cabe preguntarse si es imparcial. Bueno, siempre ha pertenecido al lobby pro-israelí Labour Friends of Israel. Durante la masacre perpetrada en Gaza por Israel entre finales de 2008 y principios de 2009, Blair estuvo de vacaciones navideñas con su familia, sin privarse de comprar en Armani, en Londres.

Tiene una fundación con su nombre para que personas de diferentes religiones se reúnan y reconcilien ante el Altísimo. Es decir, tiene lo que los políticos anglosajones llaman «un fondo de pensiones».

Cómo me gustaría que, de repente, le creciera una conciencia. Y que tuviera que vivir con ella el resto de su vida.

En qué manos estuvo el mundo: un abstemio cristiano renacido, uno que bebía para soportar las presiones del cargo y, como monaguillo, el nuestro, que desisto de describir porque se describe solo.