Estoy acabando de escuchar -bueno, cuando termine este post… uf, ya suena el pipipí, habré escuchado del todo- la entrevista a cuatro voces que la Ser acaba de hacerle en La Moncloa a José Luis Rodríguez Zapatero. Un tenor, Carles Francino, y tres soprano de altura, Angels Barceló, Gemma Nierga y Montserrat Domínguez, han hecho todo lo posible por llevar a buen puerto una misión improbable. Es decir, han realizado una excelente entrevista a un personaje que no ha dejado en ningún momento de comportarse como tal. Ellos cantaban una ópera realista -preguntas a ras de suelo, a ras de hechos- y él, pese a contestar con amabilidad y extensión -sobre todo, extensión-, se ha mantenido en otra partitura: el lirismo. Es decir, el presidente cantaba su aria, bien armada y no mal entonada, en lo que podríamos llamar «otro contexto». Mimí se moría tuberculosa y los entrevistadores lo dejaban bien claro intercalando sus preguntas en primoroso y sentido cuarteto, pero, entre tanto, el Conde -o en este caso, el Presidente- enlazaba un gorgorito con otro.

Hubo un momento -casi emocionante- en que creí que ambas representaciones se fundirían y el dedo mágico de la realidad alcanzaría mi endurecido corazón. Fue cuando Gemma Nierga le comentó a ZP que Santiago Carrillo le había confesado que, a él, el presidente le recuerda a Suárez en su solitario final. El comentario era demoledor, y cualquier otro Divo del Lirismo se habría pegado un morrón contra el suelo. No el presidente, que en su soledad de La Moncloa ni siquiera comprende que está solo. Se lo ha tomado como un elogio, «considerando lo mucho que sé que Carrillo aprecia a Suárez«. Toma castaña.

El presidencialismo deshumaniza, es la cúspide del blindaje que corona la carrera de acorazamientos típica de los políticos. No se le hacen entrevistas a un ser así: son meras interrupciones.