Hace años vino a quedarse entre nosotros -por un tiempo que nos resultó muy corto- Edurne, bella mujer de sangre vasca y mexicana. Con dos hijos, dos chavalotes educados y guapísimos. Nos alegró la vida de la escalera. Mi escalera tiene muy buenos vecinos, un día de estos les dedicaré un Perdonen. Pero hoy quiero deciros que ayer -a sa hora baixa, o vesprada; es decir, al anochecer-, el hermoso zaguán de mármol y techo escayolado que reproduce el fondo marino, obra del modernismo tardío de Manuel  Sayrach -muchos de cuyos descendientes viven aquí o en la casa de al lado, su master piece conocida como La Dama-, se llenó de sillas para los espectadores. Los niños de la escalera representaron una posada, tal como Edurne les enseñó a hacer cuando yo vivía en Beirut. Ésta iba de unos niños, tres hermanos, que vivían en Londres y querían conocer a Papá Noel. Lo pasamos estupendo, la obra salió bien, los niños nos dirigieron para que entonáramos un villancido con campanillas, y luego pasamos a degustar los placeres gastronómicos que los adultos habían aportado. Feliz vida, Edurne, estés donde estés.