Que existieran un par de docenas de tipos del PP como el alcalde de Valladolid -y seguro que los hay- que vivieran fuera del armario o retrete do moran habitualmente. Deberían pasarse el día lanzando insultos por sus alcantarillas bucales. Por una parte, ayudan a saber de qué pasta sebosa está hecha realmente la esencia del Partido Popular (o si no, que me cuenten a dónde ha ido a parar la ardorosa ultraderecha hipermontana que siempre ha existido en este país). Y por otra, permiten al Gobierno pasar más desapercibido mientras aplica la reforma laboral.

Cuando yo era una joven periodista que trabajaba en la revista de sátira política Por Favor, gentuza como ésa, el que debería ser ya ex alcalde de Valladolid, estaban a la orden del día. Es decir, el orden del día era odiar e insultar a la otra España.

Hoy tenemos algo que hemos conquistado: no es sólo la libertad de expresión, la libertad de perseguir al que no respeta, al que insulta, al machista y al delincuente moral. Gozamos de la libertad de entender también quién trabaja y para qué por detrás de las cortinas de humo. Yo creo que mi admirado Rubalcaba, entre otras cosas, sabe un rato de eso, de cortinas de humo.