Uno de los aspectos más chocantes de los trapos sucios diplomáticos que están saliendo a la luz en El País es que países árabes hayan cargado sin piedad contra el régimen iraní (que líbrenme mis cinco sentidos de defenderlo, ni siquiera justificarlo), pero sin decir absolutamente nada en contra del wahabismo extremo que domina y penetra Arabia Saudí, de la familia real al último funcionario, y de cuya expansión por el mundo musulmán -y ahora, ya lo vemos, entre nosotros-, con el salafismo como punta de lanza, son responsables tanto la forma saudí de concebir el Islam como su dinero. Ahí ni Estados Unidos ni la Unión Europea se ponen las gafas… Y el rey de aquí, tan feliz entre sus poderosos primos, el de Marruecos y el de la madre del petróleo arábigo.