Desde mi iPad, en un bar que es un sótano encantador, el Milano. W.A., como su reverenciado Bergman, se ha pasado la vida buscando el sentido de la ídem, igual que aquella cupletista que se buscaba la pulga. El señor Ingmar nos hizo intensos, Allen nos alivió la intensidad, nos hizo felices. Para mí, haberle conocido forma parte de las cosas que me ayudan en la travesía. Perdonad los errores.
A esta hora y hasta al gato con botas, el Milano le parece Nueva York.
El iPad no es para escribir. Pero gracias a él voy colgando vuestros mensajes cuando estoy fuera de casa.