romy y sautet durante un rodaje

Ayer me refería, al hablar de Chabrol, a Claude Sautet. Me gustaría aprovechar que la muerte del primero nos ha puesto cerca del cine sobre personas, para referirme al segundo, que dejó este mundo antes, pero que también nos legó películas inolvidables. A mí, por ejemplo, Las cosas de la vida sigue pareciéndome un gran estudio de lo fortuito, del tiempo que pasa, de lo que hacemos, de lo que amamos. César et Rosalie continúa llenándome de felicidad cuando la repaso, con ese trío de seres que se quieren y se aceptan, o se cabrean y se rechazan, que se necesitan, que se admiten. Y Max et les ferrailleurs es una delicia.

daniel autheuil, corazón helado

Pero, sobre todo, por su hondura y realismo, por su desesperanza, me llega también muy adentro Un corazón en invierno, esa tragedia del hombre que no sabe amar, del hombre sentimentalmente autista, del hombre condenado a la soledad por su cobardía, por su historia, por sus miedos. He conocido a hombres así. Destruyen lo que tocan pero, sobre todo, se hacen migas ellos mismos.En las pelis de Sautet, como en las de Chabrol, salía muy hermosa mi querida Romy Schneider, una mujer que vivió tragedias sin cuento hasta morir, tan pronto. Su último filme, La passante de Sans-Souci, dirigida por Jacques Rouffio, mostraba ya un rostro devastado por el dolor y sus paliativos. Ojalá estén todos ahora en el cinecielo, haciendo pelis para enseñárnoslas cuando lleguemos los cinéfilos.

póster de un gran filme

Ah, qué películas, qué personas. El corazón humano, ese recorrido que se retuerce como un tranvía –Tennessee Williams dixit- y que es el mejor de los efectos especiales cinematográficos posible. Ayer me metí en la página de Fnac para ver si tienen DVDs de Chabrol, y tienen tres o cuatro, el resto hay que encargarlo. Supongo que de Sautet ídem del lienzo, aunque no lo he mirado. Entonces se me ocurrió ver qué tienen de Nicholas Ray y resulta que hay en stock al menos un ejemplar de Nacida para el mal, que es una que a mí me gusta muchísimo, en donde Joan Fontaine hace de mala malísima onda mosquita muerta, y Robert Ryan -pedazo de actor y de señor, qué trasero, madre- que está a punto de perderse por ella. Tiene una réplica impecable, al final: «Te amo», le dice él a ella, «pero no me gustas». Espléndida declaración moral.