Para empezar, no me gusta todo lo musulmán. El hecho de que me guste parte de lo musulmán hace que lamente que quien desprecia todo lo musulmán se pierda lo mejor de lo musulmán: que es su pasado, precisamente. Esa es su gran tragedia, de los musulmanes. El no tener futuro, el haber perdido todas las oportunidades. Pero, ¿qué musulmanes? ¿los árabes, los indonesios? Otra receta contra la ceguera podría consistir en: conocer a los musulmanes de uno en uno. ¿Despreciamos lo musulmán o lo árabe? ¿A cuántos millones de seres humanos, de habitantes del planeta, hay que incluir en la lista de fanáticos que detestamos? ¿Y en qué nos convertimos nosotros?

La Alhambra la construimos nosotros. Cuando fuimos musulmanes: ocho siglos. Quizá ese pasado fortalece el rechazo de los cristianos viejos como Aznar.