Hace mes y pico que regresé a Barcelona, después de casi vivir por completo casi cuatro años en Beirut. Y todavía no he vuelto. No porque no me encajen las piezas. Van situándose. No porque no me guste la ciudad que he encontrado. Por el contrario, la encuentro bastante tranquila, quizá un poco mustia por la crisis, pero sin perder ese señorío que parece ir recobrando desde que toma conciencia de que ya no es la capital del diseño, ni de la arquitectura inteligente… Ciudad del seny y de la rauxa, como siempre fue, de la sensatez y del arrebato, eso es lo que mi corazón fronterizo espera encontrar. Ciudad que me devuelva los amores que despertaron en mí ciertos rincones, ciertas esquinas. Tampoco estoy tardando en regresar porque me quedé allí. No, de Beirut ya me había ido mucho antes de que mi cuerpo lo abandonara. Terminada la etapa, agotados los sentimientos que la entablillaron, era el momento de partir. Y eso siempre he sabido reconocerlo. No me voy en seco -tampoco-, remoloneo, quizá dando una segunda oportunidad a la época y a las emociones, para que revivan, aún a sabiendas de que no podrá ocurrir.  Pero nobleza obliga.

Recupero mi ciudad natal, embebida de amor por ella, a pedacitos. Los dos encuentros con Grupo Salvaje (ya es hora de concederles las mayúsculas), en La Valentina, plaza de Regomir. Tomando cubatas y hablando y hablando y hablando y volviendo a hablar, flahes de mis catorce años en el mismo vecindario, de las noches en que acompañaba a mi amiga Amparo Miera, desamparadas aprendizas de oficinas las dos, y nos quedábamos en el portal hasta las tantas, hablando y hablando y hablando y volviendo a hablar. ¿Existe Dios, existe el amor, existe la salvación para quien ha nacido en la pobreza? ¿Tenemos rostro, somos alguien, en la ciudad del color gris, de los policías grises y del gris porvenir? Preguntas que nos hacíamos. Hoy conocemos algunas respuestas. Nuestra única certeza de entonces, mi gran certeza de ahora: existe la literatura. Los amigos, las ciudades. Y existen aquellos a quienes amamos, aunque ya no estén.

Chocolate con churros

Suizo con churros de la calle Petritxol

Allí, en La Valentina, rodeada de gente que no he conocido antes, gente que la Red me ha dado, le pedí al Txema que me enseñe el barrio del Pi, qué él conoce bien, la charcutería a la que me llevaba mi padre cuando estaba de buenas, el cristo de la iglesia ante el que me hacía arrodillarme mi madre, los jueves santos, todo él cubierto por un paño de terciopelo morado; la cuchillería de la esquina, las chocolaterías de la calle Petritxol. A la que soy ahora, ¿le sabrá igual un suizo con churros? Posiblemente no. Posiblemente me sabrá a más.

Porque se vuelve poco a poco y se ama mucho a mucho. Y lo vivido se acumula, es la nata que flota encima del chocolate. Barcelona, mi esposa, regresé y te sigo queriendo.