Anoche, mientras me preparaba la cena, con la ventana de la cocina abierta, comprendí que ya no podía volver a oir con indiferencia los sonidos del pequeño patio de luces.

Un sonido que siempre estuvo aquí, mejor dicho, un pequeño alboroto al que nunca presté atención, me atrajo esta vez como un imán de ternura.

Eran los niños de mi escalera, que a esa hora reciben su baño. Les escuché reir, excitados, mientras el agua llenaba la bañera, chapotear luego. Discutían por el jabón, entre risas. Uno gritaba: «¡Yaya! ¡Yaya!».

Yo a escuchar esto lo aprendí en Beirut, en donde se me abrieron ojos y orejas para las emociones pequeñas, ingrávidas, momentáneas.

Las noches son más buenas noches cuando una sabe que cerca hay niños recién limpios, que huelen a jabón y a ingenua colonia, leyendo un cuento en su cama. Y el mundo parece mejor, aunque no sea cierto.