Ayer regresé a casa a eso de las 16 horas, justo a tiempo para depositarme sucesivamente en los ¡dos sofás!, que ¡ya estaban de nuevo juntos! Intento fotografiarlos para que os salga el color lavanda pero me da azul, a ver cómo consigo hacerlo. El caso es que reapareció el hombre estupendo de quien hablaba en mi Perdonen del otro domingo. Se llama Esteban, el nietecillo es niño -Alex: lleva su foto en el móvil-, ¡y es de mi Raval! Vive allí, ¿no es una coincidencia maravillosa? Trabaja muy bien y a muy buen precio y da gusto tratar con él.

Relajada por ello, y ya en pijama a esas horas -mi rodilla echaba chispas-, me fui un momento al baño, abandonando ¡la colcha!, cuyo tejer había reanudado -me faltan cinco o seis madejas-, y estando sentada en el inodoro en la postura del pensador de Rodin pero en atontolinada, llegó Tonino hecho una madeja viviente. El pobrín está tan cegato que no se dio cuenta de que -al saltar del sofá para seguirme- se llevaba por delante y por detrás mis tejemanejes. Parecía un tall rodó o asado de carne atado y listo para ser introducido en el horno. Lástima que, dada mi situación, no tuviera cámara a mano. Le liberé de su prisión con mucha paciencia, y él fue levantando patitas, siguiendo mis instrucciones. Podéis imaginar cómo me reí.

He descansado. A las 13.30 tengo masaje thai y luego aqua gym. Ayer no tuvo esma o ánimo para salir.