Estaba yo tomando el sol tranquilamente en mi balcón, feliz porque también la mágica jardinera Maria Ponsà me ha colocado más jazmines aquí -lo cual, dado los que tengo nuevos en la galería, al otro extremo del piso, me convierte en una especie de oloroso capicúa o en un anuncio de pan bimbo-, con Tonino a mis pies, cuando he sentido un fuerte escozor, un agudo dolor en la parte interna de mi codo izquierdo. «Vaya, un mosquito, ¿a estas horas?», he reflexionado, mientras, rápida, examinaba la zona en cuestión. ¡No era un mosquito, sino una mínima larva color amarillo vaticano, que meneaba el culo alegremente porque la cabeza ya la tenía dentro, succionando mi sangre atea! He hundido mis uñas en mi propia carne, cual heroína laica de nuestro tiempo, y después de hurgar como una loca he logrado desalojarlo, aplastarlo, destruirlo. Un poco de agua oxigenaca ha hecho el resto, y hállome de nuevo recompuesta.

No os fiéis de nada, estos días. Atacan por todas partes.