momento alejandrino

El hecho de contar ya con los billetes -incluidos los que me permitirán dar un breve salto a Beirut para visitar a mis seres queridos de allí y renovar complicidades- para el viaje a El Cairo, me llena de imágenes y de premoniciones. Mi amigo Adrián/Fattush también llegará por esos días para quedarse una larga temporada, lo que me hace relamerme anticipando los lugares que revisitaremos, o aquellos que me descubrirá con su generosa erudición. Nuestros paseos, tomados del brazo, igual nos llevan a un palacio repleto de antigüedades que a la tienda en donde un mercader de los de antes nos proporciona buen algodón egipcio para hacer sábanas. Estos recuerdos me llevan a Damasco, ciudad que visitábamos juntos partiendo durante el fin de semana, desde Beirut, y atravesando la frontera tranquilamente con el taxista haciendo los trámites hasta el momento inevitable en que entrábamos a firmar los papeles. Qué tiempos, qué privilegios. Engañaría si os dijero que no sabía que caminábamos sobre una realidad que podía transtornarse de un momento a otro, como así ha ocurrido. El caso es que vivía en Oriente Próximo -hablo por mí- y que me había habituado a pisar pieles de plátano y cosas peores. La precariedad: hoy podemos, mañana quién sabe. Bueno, pues hoy no podemos. Ojalá que Siria alcance su libertad y su democracia, y que un día podamos regresar y verles celebrarlo.

Por el momento, Egipto. Sólo pronunciar su nombre me estremece: es el Tiempo, el Tiempo, el Tiempo. Ya he comentado en alguna parte que a mí no me atraía el antiguo Egipto hasta que murió Terenci Moix y se produjo la transmisión. Mi amor por el mundo árabe y mi interés por la cultura islámica se fundieron con el Efecto Esfinge que me sacudió mientras sus cenizas caían en el Mediterráneo.

He elegido la foto de su entrega desde el embarcadero alejandrino. Sonaba la oración de la tarde desde un minarete cercano, y un gato -moix, en catalán- contemplaba la escena más o menos con la misma perspectiva que yo mientras hacía la foto.