Me he impuesto -aunque, en realidad, es un placer- relecturas o lecturas de obras de autores egipcios y sobre Egipto. Estoy a medias con el Edificio Yacubian, y me place que ya no podamos dar como buenas las palabras que el autor, Alaa Al-Aswani, pone en labios de dl corrupto mandamás Kamal Al-Fuli: «Dios creó a los egipcios a la sombra de un gobierno. Ningún egipcio puede oponerse a su gobierno. Hay pueblos que son revolucionarios y rebeldes por naturaleza, pero toda la vida el egipcio baja la cabeza para alimentarse».

Y es de esperar que empiecen a no ser verdad las que pronuncia la belle Butheina, dirigidas a su amado: «Este país no es nuestro país, Taha. Es el país de los que tienen dinero».

En mi mesa de lectura tengo un montón de egipcíacos esperando: la Trilogía, de Mahfuz; Inside Egypt, de John R. Bradley; The raise and fall of Alexandria, de Pollard y Reid; Mirades furtives, de Sonallah Ibrahim; El Cairo, la cudad victoriosa, de Max Rodeimbek; Memorias de la cárcel de mujeres, Prueba de fuego y La hija de Isis, de Nawal Al-Sadawi; y los viajes a Egipto de Jan Potocki y de Flaubert, más una cosa más general, económica: Comercio y colonialismo en el Próximo Oriente antiguo (Los antecedentes coloniales del III y II milenios a.C.), de Mª Eugenia Aubet. No sé si me queda vida para leer tanto, considerando lo que también leo en plan no egipcio.