Que juzguen a este mequetrefe -aunque sea por sus delitos sexuales, que sólo son parte de su infamia global-, nos da otro momento de regocijo en estos momentos de involución generalizada. Lo siento por su acólito y coetáneo, el místico taoísta de lolitas en taxi japonés, cuyo nombre no deseo utilizar para no ensuciar esta ventana tan grata.