Como los asomadores habrán podido comprobar, la embajada siria ha puesto a sus sicarios a escribirnos entradas. Están en su derecho. Pero los argumentos que utilizan -los mismos de Gadafi-, que salafistas e islamistas extremos, y hasta Al Qaeda, quieren hacerse con el poder, y que se trata de una conspiración orquestada desde el exterior,  NI SIQUIERA EN EL CASO DE QUE FUERAN CIERTOS justificarían que un jefe de Estado que hasta hoy no se había caracterizado por su crueldad -su padre sí: de sus bombardeos sobre su propio pueblo vienen estos lodos-, haya lanzado a su Ejército y a sus cuerpos represivos contra los manifestantes que quieren libertad. Si tan liberal es el régimen, que deje entrar a los periodistas. Yo lo hacía con frecuencia, porque amo Siria, muy especialmente Damasco, y el pueblo es bueno y sensible. Pero, previamente a recoger la visa en la embajada de Madrid, tenía que llevar un papel -que un jefe de El País me solía firmar, divertidísimo- jurando que me comprometía a no escribir ni una sola línea. Eso ocurría porque una vez, a principios de los 90, estuve allí invitada a un congreso de intelectuales hispano-sirios, y me dediqué a hablar con la disidencia y a poner a parir al régimen. Con el tiempo me perdonaron y ya, cada vez que pasaba de Líbano a Siria -un viaje de menos de dos horas que aseguraba un delicioso week-end-, ponían el sello sin fijarse mucho. Eso volvió a cambiar cuando, recientemente, Siria abrió legación en Beirut, y de nuevo empezó el mamoneo con los periodistas.

Que no se preocupen el actual Assad y sus compinches: ni a Estados Unidos ni a Israel les interesa que el Oftalmólogo Cegato deje de gobernar con mano firme. No quieren que Siria, en el lugar en el que se encuentra, se convierta en un nuevo Irak. Pero hay cosas que no pueden aplazarse: la sed de libertad es una de ellas. Y los disidentes están demostrando un valor impresionante.

Echo en falta Damasco, su zoco, sus callecitas cristianas, su estatua de Saladino y su bullicio; sus barrios gremiales y sus taxistas con peluches fosforescentes, la modestia de la gente, la dignidad con que llevan su pobreza. Lo echo en falta dolorosamente. Que no me vengan con historias. Y no voy a publicar más opiniones oficialistas: entre otras cosas porque tanto literaria como moralmente son de un cansino que matan.