Si algo he aprendido -con el tiempo y las pérdidas- es a conocer mi forma de vivir la agonía de los amigos, su desaparición, su ausencia. La muerte súbita: un dolor atroz, una grieta en el corazón, una garra de escarcha en la espalda que obliga a rendirse a la inmediatez de la desesperación; es la reacción más egoísta, que contempla tan sólo el «ya no le veré más», «nunca más», etcétera. Con las muertes que llegan aplazadas, que colonizan el cuerpo amado y lo desvirtúan, lo convierten en solar de experimentación de la medicina, receptor de paliativos a cambio de desplazamiento del alma, y pasto de manos extrañas, uno se va haciendo a la idea poco a poco, pero con mucha hondura. Cabe la reconstrucción, preguntarse cuándo fue la última vez que viste a tu amigo con vida, dueño de sus recursos, señor de su cuerpo, amo de su cerebro. Y detenerse ahí. Nada más, nadie más. Pero nunca, jamás nunca más. Siempre para siempre y por siempre, Quim. Si hubiera justicia posterior para la gente buena estarías ya, desde ahora mismo, dándole la brasa a Labordeta.