Esta noche he soñado que unos amigos ricos -e inexistentes en la vida real- me llevaban a Venecia. «Verás, es el único sitio que resiste», me decían misteriosamente. Delante de nosotros estaba un canal, y el agua y los edificios aparecían cubiertos por una masa de humo negro más allá de la cual no existía el aire. De repente, muy de repente, el agua cristalina fluía por debajo de la nube oscura, ésta se retiraba y aparecían los edificios, más preciosos si cabe que los auténticos. Nos sentábamos a comer en un restaurante repleto de gente como nosotros, muy alegres, luego nos perdíamos por las callejuelas venecianas. Se oían gritos de angustia, pero nosotros no hacíamos caso. Al doblar una esquina, una muchacha con delantal blanco, muy pálida, nos decía que acababa de recibir una llamada telefónica que le anunciaba su próxima muerte. Yo le proponía que se viniera con nosotros. Mis acompañantes me exhortaban: «Déjala, no mires atrás». Me iba con ellos y entrábamos en una casa en donde se celebraba una fiesta. Todos eran ricos y parecían llevar máscaras, pero cuando me acercaba veía que su rostro era la máscara. Un hombre de rostro desfigurado y malévolo me sonreía desde un rincón, sentado en una silla antigua, de museo: «Tengo el honor de presentarte a Carlos, el terrorista mundial».El sueño se ha detenido aquí.

No hace falta leer a Freud para interpretarlo.