Hélo aquí:

Como receptora que fui, a finales de los años 40 del siglo pasado, de algunas mantas usadas del Ejército y de un juego de café de loza de juguete, en miniatura, por parte de las piadosas damas falangistas del Auxilio Social, declaro que haber visto a los míos, para merecer la dádiva, hacer profesión de pobreza –y de catolicismo: una cosa va con la otra, en este país–, me dejó perdurable y sanamente asqueada. No creáis que aquellas vestales de la virtud, bigotudas y emballenadas –o lánguidas y moralmente erráticas cual Teresa en sus últimas tardes–, se alejaban demasiado de la versión social del actual Amanecer Dorado, ni de las novias, o novios, de esos enhiestos mozalbetes de Nuevas Generaciones y aledaños. Pues las purgas de ricino y las denuncias por desafecciones al régimen, tan caras al fascismo –y hoy innecesarias, porque nos purgamos solos–, iban parejas con las obras buenas. Ah, sí. Las obras buenas. La mano derecha de los que mandaban no se inmutaba cuando su otra mano derecha obligaba a los siervos a tragarse el bajativo.

Y la continuación, en El Diario.