Desde el mismo hotel, un piso más abajo que en octubre último, gran ventanal dando a la Acrópolis y al colegio que, a sus pies, llena la mañana de algarabías infantiles. Espero a que el sol se ponga un poco más enérgico, para poder ir al jacuzzi a mover las piernas tal como me recomiendan mis médicos. Llegué a eso de las tres -viento de cola, un vueling superpuntual, los dioses estaban al loro-, y en el aeropuerto me esperaban Pascale, mi amiga libanesa casada con Jesús, mi amigo leonés, y Clarita, ésta última sumida en plácida siesta en el coche. Salí al calor de Atenas, bajo un cielo azulísimo, hoy agrisado, y allí estaba mi amiga llamando mi atención con su mano, sin dejar de vigilar a su hija. La nena despertó poco después y en cuanto volvió a su ser me lanzó una de sus sonrisas y exclamó: «¡Hello Kitty!». Eso es porque siempre le traigo cosas de esa marca, le gustan mucho. Pasó el resto de la tarde acarreando el bolso de playa e inspeccionando las chucherías que iban dentro. Yo dejé la maleta abierta en la habitación y corrimos a la calle ancha y corta que hay a la izquierda, con sus múltiples cafés y un lateral del Museo de la Acrópolis delante. El sol picaba pero daba gozo sentarse a beber agua mientras madre e hija tomaban helado. Está Atenas llena de naranjos en flor y el olor a azahar  es muy intenso. Tome una foto de un árbol frondoso cuajado de azahares, pero he descubierto que el wifi, al menos el de mi habitación, no tiene suficiente potencia para mandarlas. Veré que puedo hacer cuando me dé un voltio.

Hoy he dormido mucho porque estaba cansada del viaje, sin embargo eso no me impidió salir a cenar con Kostas y Ana, a un restaurante cercano al hotel en donde probé de todo: esas verduras que son como espinacas pero más salvajes, y cuyo sabor cambia según la estación; feta en hojaldre con sésamo y miel; queso halami (el nombre árabe, en griego se parece pero no lo pillo) a la plancha, anchoas en limón y un bacalao exquisito. Como es natural, tales platos eran una sola ración para los tres. Al final se nos unió Jesús, y estuvimos charlando y tomando copas, aunque no hasta muy tarde, porque todos teníamos -bueno, ese era mi propósito- que madrugar.

Bueno, el sol no solo no se robustece sino que parece francamente alicaído. No importa, albornoz (he traído mi predilecto), chanclas y al jacuzzi. Los ejercicios son sagrados.

Os deseo un muy buen día. Ah, me dijo Pascale que ha descubierto un merendero muy parecido al Sporting Club de Beirut -«pero más tranquilo», añadió-, y que seguramente iremos el sábado. «¿Dónde queda?». «No sé», respondió, con ese aire de estar flotando siempre en sus cosas. «Yo pongo el GPS y me lleva». Junto al mar, eso sí.