A fuerza de repetirse, la indiferencia del presidente Rajoy hacia la opinión de aquellos a quienes dice gobernar, y a quienes debería rendir cuentas públicamente, ha acabado por encontrar un indeseable reflejo en la gente: otra indiferencia, nacional, monumental, de los supuestamente gobernados que, en estado de postración, se limitan a pasar de lo que ocurre por arriba, dando por sentado que el expolio, la corrupción y la negativa a dar explicaciones son inherentes a la clase política, y que poco podemos hacer para remediar este estado de las cosas.

Si la indiferencia y el desdén del poder resultan repugnantes, este comportamiento, reproducido en los gobernados, induce a la resignación y la desesperanza. Que en el PP se maten entre ellos, o que Bárcenas y el PP se entreguen a sus juego sucios, es cosa de ellos. Hundir la democracia es asunto de ellos. Solo la supervivencia cotidiana es cosa nuestra. Pero solo el día en que asumamos que la política y la democracia forman parte de nuestro ser como ciudadanos podremos empezar el proceso de regeneración. Que será lento y trabajoso. Sin líderes. Con nosotros.