Quizá alguno de vosotros recuerde aquellas crónicas que escribía los veranos para El País. En estos días tan monárquicamente epidémicos, dáme por pensar en lo sencillos que eran aquellos tiempos de regatas, gangoserías en Marivent y monarcas en pantalón corto en el pantalán largo de Palma. La Familia Irreal nos regala ahora con tales proezas involuntarias que ni la más sagaz de las cronistas -cosa que, por supuesto, no soy yo- igualaría en su oropélico resplandor, ni acertaría a mostrar, como ellos muestran, el triste serrín de que están hechos los muñecos de trapo que el excesivo uso convierte en pingajos.