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Os comunico que tengo un trancazo y que llevo en cama tres días, moqueando y tiritando. Bien atendida, eso sí. Lo pillé cuando, en plena proyección de «Django», de Tarantino (desmesurada: por eso me gustó, precisamente; tiene detalles e imágenes estupendas), un intempestivo se dejó la puerta de la sala abierta, y entró Siberia. Por entonces no nos dimos cuenta, pero a la salida yo, al menos, estaba ya en brazos de Odín. Total, en camita y dando las gracias por poder permitirme calefacción y una señora que limpia, la Pepi, preparándome un caldo.

Posdata: Al final no me dejé las bragas viejas en la habitación del hotel porque son las que más me gustan. Y no fui a comer polenta porque ese día salió el sol, nos pusimos a 17 grados a mediodía y con Francesca nos zampamos espléndidos tagliategli al broccoli en el buenísimo -y estrecho- restaurante Cul-de-Sac, junto a la estatua del Pasquino.

¡Atchíiiiiis!

(Me parece que hoy no os voy a subir guarrerías de corrupciones: descansons, que buena falta nos hacesons)