No se me ocurre mejor forma de daros los buenos días que este artículo suyo:

Cuando abrimos la primera página de El mito de Sísifo, a los quince, a los diecisiete, a los dieciocho, muchos todavía sufríamos el sarampión de la adolescencia, aquel discreto coqueteo con la muerte en que la muerte nos había abandonado como una mala novia entre lecturas mal digeridas de Schopenhauer, Dostoievski y Hermann Hesse, entre profetas enloquecidos y lobos esteparios. Estábamos hartos de vodka ruso y de pesado licor alemán y de repente nos invitaban a una copa de suave vino francés que empezaba con una cita de Píndaro: “Oh alma mía, no aspires a la vida inmortal pero agota el campo de lo posible”. Y luego, de repente, la primera frase nos advertía que nos dejásemos de tonterías, que el suicidio era el único problema filosófico verdaderamente serio. Que creciéramos.

Entero, en Público.