Verano de 2007, el jardín del café Chatila al fondo.

En estos días han dado señales mis amigos de Beirut-Atenas-Madrid, Jesús y Pascale. Por mensajes, por Whatsup y por teléfono. Me han dicho que van a Beirut a celebrar la Navidad con la familia de ella. La pequeña, Clara, parloteaba al otro lado de la línea y no ha querido ponerse: está enfadada porque quería llevarle a su amiga-vecina un trozo de la  tarta de ayer, y se ha encontrado con la casa cerrada, mi niña-síntesis, políglota. Hemos quedado en vernos en cuando pueda viajar, meterme en un AVE a Madrid que me deposite a pie de amigos, tantos. Les he dicho: lo que verdaderamente deseo es volver a sentarme con Pascale en una mesa asomada al mar en el café Chatila, en Corniche Manara, al pie de la noria, pero que sea el de antes de que el dueño fuera a la Meca en peregrinación y se fanatizara, prohibiendo el consumo de alcohol en su establecimiento. Ni arak ni cerveza, solo piadosos jarabes pro diabetes fulminante, sirven ahora, y cafés. Dejé de ir por principios, pero en mi memoria siempre me veo cruzando el gran jardín con mesas recoletas amparadas por los árboles, y tengo también recuerdos de viajeros a quienes llevé allí, y de fiestas de cumpleaños sincretistas y alcohólicas.

Todo se fanatiza, de una manera u otra, y perdemos los de siempre. Los fronterizos, los cosmopolitas, los abiertos. Menos mal que quedan los amigos.