Así arranca mi artículo de hoy:

Sólo los gallardos saben pedir disculpas. Hacerlo a tiempo y con honestidad, con arrepentimiento verdadero y firme propósito de enmienda, ya sea en público o en la intimidad, requiere valor de fondo, respeto al otro, gallardía. Hace falta coraje del bueno para aceptar la humillación de ese momento, convertirla en sencillez y desarmarse para que el ofendido te acepte de nuevo. Hasta puede que ese gesto mejore al ofensor ante sus ojos. El cuajo de reconocer los propios errores: he ahí una prueba por la que todo hombre y toda mujer pasamos en algún tramo de nuestras vidas, y de cómo la resolvamos dependen muchos sentimientos, para empezar nuestra autoestima, sin la que a algunos nos resulta tan difícil seguir adelante.

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