Este párrafo pertenece a mi artículo de hoy:

Me gustaría ser, me gustaría que fuéramos –la gente que me importáis, los que empezamos a mover las cadenas– capaces de hacer como algunos privilegiados visitantes del Panteon, en Roma. Dotados para elevar la vista y olvidar la realidad apelotonada de turistas, el aire denso de gritos de chiquillos y comentarios estúpidos y chasquidos de chanclas y silbidos de whatsapps. Me gustaría que olvidáramos a los falsos centuriones que fingen custodiar la entrada, y los caballos que sueltan boñigas sobre la antigua calzada de la plaza, y a los rubicundos bárbaros que se rascan la piel enrojecida, sentados en los escalones de la plaza, y que piden sangría con macarrones cuando por fin entran en un restaurante. Me gustaría ser como esos privilegiados visitantes del Panteon que saben abstraerse de la prosaica vía pública y colocan la vista en el ojo del cielo abierto en la cúpula, abiertos a olvidar todo lo que no sea esa belleza, esa esperanza, ese arte de piedra que la circunda.

 Entero, en eldiario.es