Éste es el arranque de mi artículo de hoy:

Ni harta de vino habría querido perderme, ni como periodista ni como persona, ni como observadora ni como vividora, ni como mujer ni como hija de mi madre, ni como ciudadana ni como apátrida…

Acortando: no habría querido perderme la durísima pero importante época que viene. Porque ya es inevitable admitir que el cambio es inevitable. Y mucho más inevitable resulta pensar que la verdadera naturaleza del cambio se organizará inevitablemente conforme la sociedad vaya permeando su tejido a las novedades que van viniendo. Como el agua, los cambios empaparán el fondo, colándose por cualquier grieta, por mínima que sea.

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