Darle a la pena alas

2 06 2010

Abro un libro en busca de un dato y me encuentro con la tarjeta postal que me regaló mi amiga Ana la gallega, con un poema, o parte de un poema del polaco Zagajewski, que hoy me viene al pelo:

poeta polaco

“Pagas con la vida, por cada momento de nieve, por lo que es blanco y por lo que es negro, por la felicidad, la mirada. A nuestro alrededor se extiende la prosa del mundo, y la poesía acecha en los ventrículos del corazón”

Parece un poema triste -y lo es-, pero como suele ocurrir con las mejores tristezas, tiene alas. Es ese “y la poesía acecha”. No sólo literalmente -físicamente-, como ha sido hoy mi caso, sino en actos humanos.

Lo de la Flotilla de la Libertad es un poema épico. Ponedle música, puede ser de laúd, pero fijaos que yo me imagino la banda sonora de “La misión”, con ese creciente de la mística a la rabia, cuando aparece el peligro.

Hoy he estado hablando por facebook con mi amiga Mónica, que vive en Beirut, a quien tanto echo de menos. A menudo esta prosa tan ruda de tener que vivir en lugares distintos y no poder juntar a todos los pilares sobre los que una se apoya… bueno, pues duele.

Es un tipo de pena con la que convivimos forzosamente, acostumbrados como estamos, ya a cierta edad -y desde hace años- a saber que no se puede tener todo, ni siquiera todo lo indispensable anímicamente.

Ahora dispongo en Barcelona de mis amigos de siempre -uno de los motivos que me hicieron regresar: reunirme con ellos antes de que me falle la salud, disfrutarlos ahora-, y de otros nuevos. Pero hay un parche de mi carne que carece de epidermis.

Es Mónica en Beirut, es Irene en Roma; es Ana la gallega -sí, Ana, tú: hace tiempo que no tenemos una conversación-, es…. Ya sé que me quejo de vicio. Y que a la prosa ésta de la vida, que nos cobra por cada momento de nieve, hay que ponerle alas. Las alas del deseo, de los proyectos, de la fe en encuentros futuros, del recordar los instantes vividos. En estas ocasiones se alcanza la íntima poesía de la espera.