Podéis estar tranquilos, que no estoy sola

7 03 2014

Ni me estoy quedando sola. Otra cosa es que se vayan de mi vida personas a las que quiero mucho y que son grandes referentes para mí, puntales de mi vida. Con Ana María se ha ido el último testigo de mi adolescencia, quiere decir que ya no podré recurrir a su memoria prodigiosa para evocar tal momento o tal otro. Todo eso, las pérdidas, se van convirtiendo en un fardo pesado, o mejor dicho, en un acompañante que a veces muerde y al que hay que llevar bien sujeto y, a ser posible, con un bozal. Pero quedan amigos y no solo en Barcelona, no solo en España, con quedar unos cuantos y de todas las edades. Tengo la inmensa suerte de conservar un terceto de amigas de hace 40 años de antigüedad, un amigo de hace treinta -jubilado como yo, con mucha parte de su alma bajo los cielos del Camino de Santiago-, un puntal en Roma, varios en Oriente, tanto próximo como Lejano. Y gente joven que me rodea desde hace unos años porque lo pasa bien conmigo y me aprecia. En fin, que voy bien servida. Nunca seré una viejecita abandonada, descuidad. Y, por suerte, mantengo a raya a la familia.



Hoy despedimos a Ana

3 03 2014

Ana María Moix recibirá hoy la despedida y el homenaje de sus seres queridos en el auditorio del tanatorio de Les Corts. Hablaremos varios. El recordatorio, que ha diseñado el artista Francesc Marin Polop, uno de sus amigos, es sencillo como ella lo era, y lleva un verso, una frase de su libro de poemas Baladas del dulce Jim: “Y un solo de trompeta en la calle oscura al final del día”. Es un acto abierto.



Ha muerto Ana María Moix

1 03 2014

Ana María Moix, entre dos luces.

 

 

Quien fue amiga de adolescencia, de juventud, de madurez y de esto que podríamos llamar vejez, falleció anoche después de tres años de lucha contra el cáncer, que la asaltó enmascarado, como un bandido. Las últimas semanas, aunque muy dolorosas, nos dieron a quienes la queremos -ella nos lo dio, férreamente apoyada por Rosa, su compañera de amor y de vida- grandes ratos de compartir recuerdos, de amistad y de risas. Sí, de risas. Porque Ana detestaba la compasión y, a fuerza de inteligencia y de ironía -a veces muy cruda- descargaba todo sentimentalismo, lo ponía en fuga. Así nos hizo más llevadero el dolor aplazado de su ausencia. Fue lúcida, fue clara, fue rebelde hasta el fin. Y amó la literatura -fue la literatura- sin obstáculos. Lloradla si queréis pero, sobre todo, leedla.