Contra la virtuosa disciplina

23 06 2010

Cada vez que escucho la palabra “disciplina” me entran ganas de echar a correr. Está tan devaluada como “virtud” o “solidaridad”. La virtud se esgrime para perpetrar acciones cuyo resultado requerirá, a renglón seguido, la intervención de la solidaridad para tapar algún parche. Y la disciplina suele ser el silencio con que debe aceptarse el desaguisado al completo.

Tenemos, estos días, un ejemplo. A Antonio Gutiérrez Vegara, diputado del PSOE, presidente de la Comisión de Economía del Congreso y ex secretario general de Comisiones Obreras, el partido le va a imponer una multa por no haber observado, al abstenerse, la “disciplina de voto” (también llamada lealtad por los afines) requerida ayer, cuando se votó la reforma laboral.

Parece que Antonio Gutiérrez cree que debe ser fiel a sus propias convicciones, y éstas le dictan que las novedosas medidas adoptadas por el Gobierno socialista son sólo una ampliación o un refrito de otras anteriores, que tan funestas consecuencias han tenido para los trabajadores. Lo explicó ayer muy bien en un artículo publicado en El País, con el título “Será más fácil despedir que flexibilizar”.

Tal vez el señor Gutiérrez tiene la extraña idea de que los votantes de su circunscripción le eligieron por algo; y que es a ellos a quienes debe mantenerse fiel.

A lo mejor no le multan sólo por haberse abstenido; también lo hacen por haberlo expuesto tan bien para todo el que quiera leerlo. Los disciplinados virtuosos siempre tienen a mano una lista de castigos, que aplican para que no se caigan las escayolas mientras los fundamentos tiemblan.