Soledad Gallego-Diaz, periodista insobornable

29 05 2010

No voy a perder el tiempo aquí detallando la biografía de Soledad Gallego-Diaz, periodista y amiga, que fue mi jefa en El País. Para eso hemos aprendido a googlear. Tampoco os voy a contar los premios que acumula, a los que se añade el Cirilo Rodríguez que acaban de concederle. Os contaré una historia preciosa en la que ella me permitió participar. Esta mujer, que fue directora-adjunta del dicho diario y que dejó el cargo muy pronto (¿alguien ha dejado un cargo así alguna vez), sólo ella sabe lo que vió, porque es muy discreta. Esta mujer dotada de una inteligencia superior -sí, superior: así de claro-, decía,  fue antes subdirectora, y en calidad de tal se encargaba de mandarme a mí a sitios, porque sabía que si yo había regresado a la redacción, después de mi fuga a Cambio 16 en el 84, era para mover el culo, no para quedarme calentando una silla. Un día me llamó y me hizo sentar en su despacho: “Tú, ¿a dónde quieres ir?”. Le hice una lista, que empezaba así: “Chile (Pinochet), Líbano (guerra civil), Suráfrica (apartheid)…”. La cogió, subió a hablar con el director, y al poco volvió dispuesta a ofrecerme unos cuantos viajes. También me mandó a Haití, a Etiopía. Hizo que los demás se acostumbraran a que la Torres siempre estuviera de viaje: lo cual no era cosa fácil, dado que en todas partes surgen celos. Pocos años más tarde, yo sentía una nostalgia exacerbada de Beirut, del frío de los campos palestinos, de las calles todavía en guerra. Era Navidad, y me desahogué escribiendo una columna. Ese mismo día me telefoneó Sol a mi piso de Madrid. “Si no tienes dónde pasar la Nochebuena, no se me ocurre un lugar más parecido a Beirut que en casa de mi madre, con mi familia”. Ya os he dicho que es una mujer extraordinaria, y de casta le viene. Padre gran matemático, madre gran mujer, nacida en Cuba. Un montón de hermanos. Pasé una velada magnífica. La madre de Sol -perdonadme la mala memoria, no recuerdo su nombre ahora mismo, pero sí su rostro, su encanto- era algo pintoresca en lo de preparar cenas: hizo subir una carne del restaurante de abajo y extendió un rollo de papel como mantel sobre la gran mesa, y puso vasos y platos de cartón. Y eso, ¿sabéis por qué? Pues porque había pasado por mucho, había criado a muchos hijos y se había vuelto muy práctica. Lo que más recuerdo fue que con todos nosotros se sentó la perrita caniche de uno de los hermanos de Sol. “Qué tranquila está”, dije. “Es que le hemos dado un valium antes de venir”. Estupenda familia, gran Sol que sigue dándonos su luz, desde su corresponsalía actual en Buenos Aires y en los artículos de opinión que cada domingo publica en El País.