La última B en morir

14 11 2010

Buñuel se fue el primero -y fue el primero en todo-, Bardem se marchó el segundo -y a pesar de sus obras maestras, mucho de su cine fue inevitablemente secundario, de supervivencia-, y Berlanga, con su b de burlón, se ha ido el último. Lo dicho y mil veces repetido: qué interesante se está poniendo el Más Allá. Y qué estresante y vacío el Este Acá. Vacío de inteligencia, sobre todo.

Me congratulo de haber vivido de cerca, gracias a mis colaboraciones con la revista Fotogramas, los últimos buenos -con b de Berlanga- tiempos del cine español que floreció a principios de los años 50 en un rincón de la fortachona industria cinematográfica que el franquismo propició a través de producciones nacionalcatolicistas rimbombantes en lo histórico y embusteras en todo en general. Sin embargo: la industria funcionaba, los estudios eran fuertes, no faltaba trabajo.

En las alcantarillas de aquel cine -que en el franquismo eran el cielo en donde se cobijaba el talento- surgió Esa pareja feliz, de Bardem-Berlanga, 1951, que por suerte se separaron para explorar cada uno por su cuenta sus diferentes caminos. Bienvenido, Mr. Marshall (1953) fue el primer fruto berlanguiano de un frondoso árbol que todavía sombrea nuestros páramos cinematográficos.

La mirada escéptica, burlona, ya lo he dicho, y sin embargo tiernísima, de don Luis G. sobre sus personajes y la España nuestra, se combinaba con una fina dureza de bisturí para airear nuestros males, endémicos o impuestos. Sobre todo cuando se combinaba su genio con el de Rafael Azcona, y sobre todo en los tiempos peores, de sus principios. Frente a las fantasías interesadas del cine oficial, la realidad era servida en un espejo deformante dotado de una ferocidad más estilizada que la valle-inclanesca: aquella que pasaría a la posteridad como berlanguiana.

No hace falta que os recuerde su filmografía. Los más jóvenes, que tal vez conozcáis mejor al Berlanga en color de los últimos tiempos, tendréis el placer de descubrir Plácido y El verdugo, durísimos alegatos en contra de la beneficencia y de la pena de muerte, cuajados, sin embargo, de ironía y carcajadas.

Se ha hablado mucho de la misoginia y el culto al erotismo de Berlanga. Yo, cuando le traté más -aunque nos conocíamos desde hacía tiempo, con esa relación que la gente del cine español y los que escribíamos sobre él manteníamos cuando yo era joven: con la complicidad que daba ir en el mismo barco-; cuando más le traté, decía, fue durante el rodaje de Tamaño natural, un monumento berlanguiano muy arriesgado, erigido en honor de su misoginia legendaria y de su auto atribuido furor erótico de coleccionista. Siempre creí que, en ese aspecto, Berlanga era más bien un tipo bonachón, bastante pasivo, misógino en defensa propia -porque hay que ver cómo era su mujer, María Jesús; y cómo le gustaba a él que así fuera, de armas tomar-, y no poco infantil en sus fantasías eróticas, que él mismo desvelaba en cuanto se ponía a hablar con una chica: “Oye, Maruja, ¿te he dicho que a mí me gusta esto y lo otro? ¿Tú has hecho esto y lo otro alguna vez?”. “Unas diez o doce”, le contestaba yo, y abría ojos como platos. Era muy tierno. Yo solía decirle que cada día estaba más guapo -lo cual era verdad: se fue convirtiendo en un señor mayor muy bello-, y él, cuando nos encontrábamos, era lo primero que me preguntaba, que si le veía bien.

Tamaño natural se rodó en un piso burgués de un barrio de solera madrileño. Yo acudía cada día, a recoger datos. Eran aquellos tiempos en que el periodista -en cine y en todas partes- recogía su propio material y hacía sus propias preguntas, sin someterse a los intereses de la productora. Me tenían la confianza de haberme leído desde siempre, y yo les quería por lo mucho que me habían dado como espectadora. Recuerdo que disponían de varias muñecas de tamaño natural, porque se les iban escoñando conforme avanzaba el rodaje. Una de ellas la guardaban en la bañera de uno de los baños del piso. Justo el que yo usaba. Berlanga -fiel a su fama de erotómano- me interrogaba cada vez que volvía: “¿Has estado a solas con ella? ¿Habéis hecho algo?”, preguntaba sonoramente, para que Michel Piccoli, el protagonista, y otro punto filipino encantador, se enterara. Yo replicaba, muy puesta en mi papel de agente provocador: “Pues sí, le he metido la mano en el coño. Por Dios, qué desagradable”.

Fue durante aquel rodaje cuando se produjo en Santiago de Chile el bombardeo de La Moneda y la muerte de Salvador Allende, y tengo el orgulloso recuerdo de los tres, Piccoli, Berlanga y yo, abrazándonos con los ojos llorosos, completamente indignados y deprimidos.

Tiempos aquellos. Tiempos en que me llevaba a Michel a comer cochinillo a un mesón segoviano, en que a nuestras cuchipandas se añadían Berlanga, muy raramente Azcona, alguna vez el guionista de Buñuel, Jean-Claude Carrière, que pasaba unos días visitando el rodaje. Con deciros que el último mono, aparte de mí, podía ser el hijo de Buñuel, que tenía un nivelazo y pintaba, no os digo más. Eran tiempos peores -aquel 74 Franco estaba tan vivo que aún iba a matar más- pero la inteligencia acompañaba mucho.

Estuviste de muy buen ver, Luis, hasta el final.