Perseguidos, acorralados y de cara a la pared.

22 05 2010

Os preguntaréis por qué mi perro me recueda a Jorge Luis Borges, la única vez en que yo le vi y él me miró, en Santander, verano de 1983. Pero lo que en realidad quiero compartir con vosotros es por qué esta España y esta Europa me recuerdan lo que ocurrió en aquel aeropuerto envuelto por la bruma y oreado por una brisa húmeda. La Menéndez Pelayo inauguraba sus primeros cursos de verano bajo la égida socialista –Felipe González había ganado en octubre del 82-, y prácticamente se iba a tirar la universidad por la fenêtre. Bajó Borges, le instalaron en una silla de ruedas. A unos metros del aparato, un grupito de privilegiados, entre los que se encontraba Juan Cueto, le contemplábamos, transidos. A su lado, un reducido séquito, encabezado por María Kodama. Entonces fue cuando el espíritu de Berlanga intervino. Berlanga, que no se hallaba presente, pero a quien conjuro para que comprendáis mejor el esperpento que allí se produjo. El empleado del aeropuerto encargado de empujar la ilustre silla, en lugar de dirigirla hacia nuestro grupo, capitaneado por el rector de la Universidad, Santiago Roldán, echó a correr en dirección desconocida, llevándose por delante al ilustre escritor.  ¿Qué hacer? ¿Era un secuestro, un arrebato de fan silencioso y silenciado? Los miembros del séquito, desconcertados y gritando, echaron a correr detrás del empleado, de la silla y del premio Nobel de Literatura. Nosotros, los privilegiados, partimos raudos en pos del séquito…. Así fue cómo Jorge Luis Borges, en su primera y creo que única visita a Santander, recorrió para arriba y para abajo el aeropuerto, hasta que su vigoroso ayudante en la cosa del deslizarse encontró un vado por el que subirlo a la acera, y, finalmente, lo introdujo en la sala VIP, en donde nos apretujamos los otros. No contento con su tarea, el empleado condujo la silla hasta un rincón y dejó a Borges estacionado de cara a la pared. Un audaz reportero radiofónico se apresuró a acercarle una alcachofa: “¿Qué le ha parecido Santander, don José Luis?”. El recién bautizado sonrió con aquella falsa bondad suya: “No me dio tiempo, hijo, no me dio tiempo”. Y siguió allí, mientras el resto de la compaña discutía qué hacer con el escritor, y cómo repartírselo.

Como española y como europea, últimamente me siento mucho así. Como si una pandilla de desconocidos e iletrados me estuvieran mangoneando, sacudiendo, empujando hacia un muro. España, Europa, en manos de ineptos y de mercaderes, acorraladas. De cara a la pared. Pero no estamos ciegos, ¿verdad?



Mi perro tiene cataratas y me mira como me miró Borges

21 05 2010

Lo que ocurre es que éste no es un blog culto para llenarlo de citas de escritores importantes. Algún día os contaré que Borges me miró así después de que unos desalmados le colocaran la silla de ruedas de cara a la pared. Hoy sólo quiero contaros que pronto estaré con vosotros y que, mientras escribo, Tonino me mira como me miró Borges.

Tonino

Mi perro Tonino