Un nuevo arroz en Beirut

17 10 2010

Algunas cosas sí que me gusta mantenerlas. Siempre hice arroces en Beirut. Uno en el 89, en una tregua de la virulenta guerra que lanzó el entonces presidente Aoun -militaba en el bando opuesto al de ahora- contra los ocupantes sirios, y que tuvo como resultado una carnicería entre partidarios y sus rivales, entre civiles indefensos, y una gran destrucción de las dos zonas, cristiana y musulmana, en que la ciudad estaba dividida desde el 75. Hice un arroz para Juan Carlos Gumucio -que en paz descanse- entonces corresponsal de la CBS, al que se sumó Tomás Alcoverro, de La Vanguardia. Luego volvieron las bombas, pero el arroz bien digerido ya no nos lo quitaba nadie.

Podéis imaginar que, durante los cuatro años en que permanecí aquí desde el otoño de 2006, mis arroces siguieron animando al personal. Aquí mismo, en el piso de mis amigos Javier y Mónica -de El Mundo, para que luego digan que no nos hablamos, los periodistas-, hice uno que estaba riquísimo.

Total, que ayer Mónica y yo salimos de compra grande al Spinneys, posiblemente el único supermercado del mundo situado pegadito a un ostentoso cementerio cristiano lleno de mausoleos de mármol. Compramos muchas cosas, entre otras gambas, calamares pequeños y verduras. Luego fuimos con Javier y los dos niños al restaurante Tsunami, el mejor japonés de Tabarís y a mejor precio, y que por suerte ya no está de moda, porque a los beirutíes les dan ventoleras muy breves en favor de una tendencia u otra. O sea, que nos trataron muy bien. Han incorporado la fruta a los maki, y de repente te encuentras con el sabor del pescado mezclado con plátano o mango. Buenísimo.

A continuación conseguimos llegar al aeropuerto para llevar a Javier, que se iba en misión informativa, y, ya de vuelta, dejamos al niño en la sala de juegos -una especie de jungla con de todo- del centro comercial ABC, en compañía de Naser, la chica que trabaja y vive en casa.

Yo me hice un Virgin (era uno de mis vicios) y me compré varias temporadas de esa serie que protagoniza Alec Baldwin, con la palabra rock y la cifra 30 en el título. Se la llevó Carlota a Barcelona, junto con un montón de libros de política que había comprado por la mañana en la sucursal de Sinn el Fil. Carlota y la recién casada Amaya compartieron nuestro arroz nocturno, y pasamos un rato estupendo, después de que ambas fueran presentadas a Nur, la recién nacida como quien dice.

No está mal, ¿eh? Creo que hoy me toca Corniche. Mónica sale con la niña abrazada a su pecho, en uno de esos refajos ideales; cuando conduce la llevamos detrás, en su capacito de seguridad.

Seguiré contando, fotos para El Cairo.