Políticos y folclóricas

25 06 2010

Vaya por delante que desde este blog, al menos desde mi mismidad, no se desprestigia a la política ni se sostiene que “todos los políticos son iguales”, esa peligrosa cantinela: se señala con nombres y apellidos y se intenta, en la medida de lo pisible, criticar para funcionar mejor. Ahora bien, malas cosas, tenerlas, ellos las tienen, y debemos afirmar nuestro derecho a criticárselos.

Uno de los defectos más destacables en el 99 por ciento de los políticos -supongo que existe un 1 por cento inocente por ahí- es su capacidad para cambiar la piel que tuvieron antes de obtener un cargo.

La autora de novelas policíacas Patricia Cornwell lo define muy bien -con esa envidiable sobriedad de los escritores anglosajones, esa precisión- en su novela El último reducto. Entrecomillo un párrafo suyo en el que he subrayado la idea a la que me refiero:

“La política, en especial, es desastrosa para las relaciones porque la naturaleza de la política consiste en recrear a la persona. El Mike Mitchell que yo conocía quedó sustituido por un hombre de estado que aprendió a procesar sus fuertes creencias mediante subrutinas seguras y muy bien calculadas”.

A esa transformación se debe la perplejidad que sienten cuando las urnas los botan, con b alta. “¿Cómo es posible? ¿Yo, que todo lo he hecho por (aquí poner el país correspondiente)?”.

don Mariano Rajoy

Por eso, también, para un@ entrevistador@, hincarle el diente a un político le resulta tan arduo como intentar sacarle algo de verdad a una folclórica. Os lo digo yo, que  he tenido a ambas especies sentadas delante. Como mucho, os hallaréis ante la seducción. Nunca ante la verdad.

Con una excepción, claro. Lola Flores.