En la muerte de Concha Caballero

21 01 2015

No tenía idea de que estaba gravemente enferma, aunque me faltaba su voz, amablemente indignada, resuelta en opiniones inteligentes, en las tertulias de la SER que frecuentaba. A quienes no la conocisteis os digo que naveguéis por las páginas de El País en las que dejó su huella: aquí os dejo uno de sus artículos.



En este día de regalos

6 01 2015

Eran, más o menos, así

 

 

Dedico un más que sentido recuerdo al juguete que me hizo más feliz: las muñecas recortables de papel con sus vestidos y complementos, que guardaba en una caja de puros, y gracias a las cuales empecé a pasar momentos íntimos con las historias que inventaba para ellas y para mí. Vivan la imaginación y sus estímulos, que son el mejor regalo.



Los espíritus de la Navidad

26 12 2014

De mi huraña actitud hacia la Navidad, adquirida tanto por circunstancias personales como por costumbres circenses que veo desarrollarse a mi alrededor, he evolucionado hacia un dejar hacer e incluso un disfrutar de algunos momentos, acompañada esa tendencia mía, siempre, por un infranqueable portazo contra la invasión de mi intimidad en horas que no deseo pasar como los demás ni con los demás. A estos demás, los vivos, les dedico atenciones -antes y ya al filo de la Nochebuena, y una vez pasado el 25-, y luego me meto de lleno en el disfrute amistoso, del 1 de enero en adelante, que suele coincidir con venidas del personal que resultan muy gratificantes. Estamos todavía aquí, venid y abracémonos, brindemos por ello, qué suerte que ya termina esto, qué trajín, uf, cuánto compromiso.

Los espíritus que me visitan durante estas jornadas no son los de mis queridos muertos, que esos están todo el año, como un forro adherido a la epidermis, algo que si aprietas aquí, o ahí, te devuelve inmediato tal nombre y tal día. Una presión en la mano, un repentino calor en la base del cuello.

Me visitan, puntualmente, recuerdos de Navidades que sí disfruté -no cuento aquellas en que mi hermana era la persona a quien mi presencia hacía disfrutar, y eso era sagrado-, y me doy cuenta de que todas están relacionadas con la lejanía y la visita. Es decir, cuando vivía habitualmente en Beirut la fiesta me era tan indiferente como en Barcelona, los niños me parecían igualmente gritones y las familias tan empoderadas del contexto como en otra parte. Pasaba por entre los árboles iluminados y bajo las cenefas multicolores con el mismo desapego con que transito por aquí. Sin embargo, una Navidad chilena con calor y puestos de baratijas en las calles, una amiga a la que ayudabas a preparar la mesa… Eso, sí. Otro espíritu bajo la piel, por cierto.

Y está el arte. El Mesías de Händel en un auditorio romano, el tríptico de Caravaggio en la iglesia de San Luigi dei Francesi, el azul veneciano de una virgen estática recibiendo la  noticia del ángel. Una cascada de bombillitas, cayendo como copos de nieve sobre una fachada medieval. Un cuarteto de cuerda en una plaza.

Todas esas vivencias vuelven a mí cuando me encierro en mi fortaleza y ha sonado la última llamada telefónica o el último whatsupp deseándome Felices Fiestas. Ráfagas de Navidades mías, únicas e intransferibles. Y villancicos de película. Me gusta mucho la costumbre de cantar villancicos en la calle. Tengo  para siempre, qué tontería, os parecerá, a Julia Roberts y Susan Sarandon cantando en un corro, con mitones, ¿era en Quédate conmigo?  Igual que tengo el taconazo de Pelé en Evasión o victoria: no hace falta que te gusten la Navidad ni el fútbol para disfrutar con ello.

Así he pasado los días recientes: comida normal -el arte de no empacharse-, bebida razonable, saber que los amigos están ahí fuera, listos para el reencuentro, y, por supuesto, un salvavidas a mano: una buena serie inglesa de asesinos múltiples.

Os deseo lo mejor en los días que empiezan.



Podéis estar tranquilos, que no estoy sola

7 03 2014

Ni me estoy quedando sola. Otra cosa es que se vayan de mi vida personas a las que quiero mucho y que son grandes referentes para mí, puntales de mi vida. Con Ana María se ha ido el último testigo de mi adolescencia, quiere decir que ya no podré recurrir a su memoria prodigiosa para evocar tal momento o tal otro. Todo eso, las pérdidas, se van convirtiendo en un fardo pesado, o mejor dicho, en un acompañante que a veces muerde y al que hay que llevar bien sujeto y, a ser posible, con un bozal. Pero quedan amigos y no solo en Barcelona, no solo en España, con quedar unos cuantos y de todas las edades. Tengo la inmensa suerte de conservar un terceto de amigas de hace 40 años de antigüedad, un amigo de hace treinta -jubilado como yo, con mucha parte de su alma bajo los cielos del Camino de Santiago-, un puntal en Roma, varios en Oriente, tanto próximo como Lejano. Y gente joven que me rodea desde hace unos años porque lo pasa bien conmigo y me aprecia. En fin, que voy bien servida. Nunca seré una viejecita abandonada, descuidad. Y, por suerte, mantengo a raya a la familia.