Lo que hay que oír

17 09 2010

Poco antes de que el público que anoche asistió en Madrid al concierto de Joan Manuel Serrat recibiera como una siembra de luces las palabras de Miguel Hernández, que el noi ha fudido y difundido con su música, el presidente Zapatero pronunció otras -tibias, necias- en relación con el asunto Sarkozy, la deportación de europeos de etnia gitana de Francia y la contundente protesta de la comisaria Reding. ¿Este hombre piensa realmente que la armonía -jajajajaja- de los Veinte está por encima de todo? ¿Por encima de qué? Pues si los Veinte siguen aceptando dócilmente, como han venido haciéndolo, las salidas de un Berlusconi o un Sarkozy, no sólo en materia de inmigración o de libre circulación de personas, sino en muchas otras, ¿qué motivos tendremos para sentirnos orgullosos de o identificados con la Unión Europea? Imaginemos por un momento que un par de países más se aficionan al invento de expulsar a quienes consideran indeseables en su territorio, a pesar de ser europeos. ¿Quién disfrutaría de autoridad moral para impedírselo? Sólo la comisaria Reding, sobre la que ahora llueven tantas descalificaciones mientras el delito, el racismo expresado sin complejos del Gobierno de Sarkozy, y tolerado por sus colegas, queda impune.

No me cabe duda de que la forma de vida de una parte de los europeos gitanos nos crea problemas: de antagonismo, de incompatibilidad, por forma de ser, por costumbres. Se puede hacer peor o mejor, pero hay que intentar convivir. Y que no me digan que no les gustan los campamentos: si en el mismo París (y en Roma, y en Madrid) dejaron instalar su carpa con sus nenas uniformadas al impresentable de Gaddafi. ¿Qué ocurrirá cuando los franceses de origen magrebí o africano -procedentes de las antiguas colonias- vuelvan a incenciar los suburbios en donde se les confina? ¿Se les devolverá a Marruecos, a Argelia, a Senegal, con 300 francos en el bolsillo y una patada en el culo? Cuando Francia votó a Sarkozy, que había sido funesto ministro del Interior, se metió en la porquería hasta el cuello. Envuelta en Charla (no es una errata) Bruni, eso sí.

La libertad de nuestros semejantes es también la nuestra



Fieramente amar, ferozmente leer

6 06 2010

No resultan tan distintas una emoción de otra. Yo he sido siempre de las que se enamoran porque sí y desde el primer momento. Con la lectura me ocurre lo mismo. No me refiero a un libro concreto, sino a esa pasión que brota en mitad del pecho, esa necesidad ineludible de salir a la calle a por un libro nuevo. Aclaro que mi piso de Barcelona está abarrotado de libros: los que tenía aquí y los que compré en Beirut. No importa. También he amado a muchos hombres -a bastantes, al menos- y todavía, a mis 67, siento de vez en cuando el violento mandato de enamorarme ferozmente. Gracias a la vida por ello, dicho sea de paso, pues como aseguró Albert Camus, “no ser amado es una drama, pero la tragedia es no amar”.

interior de la librería taifa

Así que hoy, domingo, me ha entrado el arrebato de los libros y me he propuesto, idiota de mí, salir a buscar -y encontrar: de ahí lo de idiota- una librería. Al parecer, sólo abre Taifa, en la calle Verdi -todo el fin de semana; el domingo, por la tarde-, por lo que desde aquí agradezco a su propietario, el señor Batlló, el que pueda ir luego.

Pero es que la llama de mi pasión, para entonces, o me habrá consumido o se habrá evaporado. Puedo aguantarme las ganas de lanzarme al cuello de, pongamos, Clive Owen, si pasa por aquí. Ese mecanismo de represión lo he desarrollado con bastante arte, sobre todo desde hace unos cuantos años. He aprendido a sublimar lo que siento, aunque no a dejar de sentir, ni ganas. A reprimirme en la lectura ni siquiera con Franco y sus censuras aprendí, ni siquiera con el Índice de la santa fucking madre iglesia. Muy al contrario, actuaron como alicientes.

Fieramente, ferozmente, necesito satisfacción inmediata. Una librería, una librería, una librería, una librería abierta en domingo. ¿Laie, Bertrand, La Central? A ser posible, con café, con mesas, con barra. Oh, dioses, si el “Titanic” hubiera tenido librería en el bar no me habría importado morir allí.

Llegaré a Taifa esta tarde. O no. Cuando me enamoraba, en los tiempos en que ser correspondida dependía de los dados de la fortuna y no de la biología, si el otro no mostraba reacción inmediata había una oportunidad de que la cosa cuajara: como me gustan los pasivos, me empecinaba y acababa por rendirlos. Pero con los libros es otra historia. Es amor recíproco desde el primer instante. Su rostro, mi cubierta: nos miramos y sabemos que estamos hechos el uno para el otro.

Que no pido la luna, señores: sólo una librería de guardia. Con tantas farmacias como hay en el Eixample -y alguna que otra abierta siempre en festivo-, barrio de burguesía propensa a las indigestiones y a las entretenidas consultas al farmacéutico, ¿no puede existir un librero de turno? ¿Una librera? ¿Alguien que, hechizado por la pasión con que uno se arroja en brazos del volumen desconocido, se nos acerque para ofrecernos una copa de cava y nos inste a que brindemos por esa relación?

Sí, iré a Taifa. Pero el impulso ya ha sido defraudado. La parte interna de mis brazos tiene que rozarse con los libros conocidos -por leídos, releídos o ya adquiridos y amontonados a la espera; los libros que me mandan y no doy-, para no sentir el vacío, y ahí la tentación puede estar en cualquier parte. En la poesía de Miguel Hernández. Si, sí, ahora mismo me abrazo a los dos tomos, grandes, fuertes, febriles,  que forman la Obra Completa, publicada por Espasa Clásicos. Me llenan, claro. Pero la excitación, ay, ¿cómo haré para conservarla hasta la tarde?