Apuntes 2

9 09 2014

La Mughamma

 

 

Desde el reposo obligado, guías turísticas y mapas, y la bendita aplicación Google Earth, que tengo siempre a mano en mi vetusto y sólido iPad grande, adquieren una nueva dimensión, casi onírica y, decididamente, curativa.

 

Desde el reposo obligado veo plazas. Grandes plazas del mundo que solía recorrer. Hablaba de Tahrir en un post anterior. No he estado allí desde antes de la Revolución Traicionada, y lo que tengo en el recuerdo es un continuo sorteo de obstáculos, un desorden urbano redimido por el ritmo sincopado de los cláxones -cuando te acostumbras, le encuentras algo parecido a un chirriante e improvisado jazz-, escalones a destiempo, decenas de hombres ejerciendo oficios -limpiabotas, vendedor de lotería, de prensa, barberos-, establecimientos de comida rápida y la impresionante, opresiva mole de la Moghamma, un enorme edificio oficial de estilo soviético en cuyo interior, realizando trámites, uno puede crecer, desarrollarse, casarse, tener hijos, envejecer y morir. En el lado opuesto, en donde están las bocas de Metro y los pasos subterráneos, y un Kentucky Fried o algo por el estilo, arranca -o termina- la importante calle Talat Harb con su tramo más ancho, sus comercios de cuando los colonialistas europeos, y sus aliados locales de la clase alta, se hacían encargar camisas a medida o elegían para sus puños selectos pares de gemelos. Polvorientos escaparates, hoy, de sastrerías y joyerías, junto a negocios de baratijas que permanecen en una oscura cavidad, como una segunda vida, una vida de hormigas, unos desconchados peldaños más arriba, o más abajo, del nivel de la calle. Subir una escalera empinada y darse con el milagro de una mimada librería, con su sector de souvenirs egipcios más sofisticados que los que se venden en las calles, hacer cola para tomar un té en la única mesa de su único balcón minúsculo, con la intención de hojear el libro recién adquirido, tarea imposible porque los ojos se caen literalmente, se desploman sobre la vitalidad de la calle. E inevitablemente se va, la mirada se va hacia la izquierda, a la inmediata Midan Tahrir que, ya os digo, recuerdo en su destrabada integridad: esa Mughamma, y a su derecha el edificio coqueto, colonial, rosado, del Museo Egipcio anterior a los saqueos y a los muchachos de la Revolución retenidos en su interior; y más a la derecha, ya fuera de la plaza, tengo en el recuerdo aquella preciosa y olvidada sede de la Sociedad Nacional Geográfica, con sus elaborados techos de madera, su silenciosa biblioteca, sus viejos mapas, su sección de juguetes antiguos, sus dioramas sobre la inauguración del Canal de Suez: todo lo que ardió durante una de aquellas sangrientas noches, junto con el edificio.

La parte ancha de Talat Harb, con Mughamma al fondo

 

Recuerdo más plazas: en Varsovia, en Budapest, y la Alexander Platz de los días en que cayó el Muro, cuando aún quedaban soldados soviéticos con sus enormes gorras de plato marcando el paso en la lejanía, entre los pétreos cabezones de Max y Engels.

 

Pero hoy tengo en el iPad, y en corazón, y en el recuerdo de mis rodillas -los huesos no solo recuerdan: también gimen-, Tahrir antes de la traicionada Revolución y de sus hijos, que eran sus padres, hoy prisioneros o algo peor.