Una vida en el cine

4 06 2010

Celebramos estos días, nuestra familia Fotogramas, la aparición del número 2000 de la que ha sido, es y será la mejor revista de cine que se ha hecho en España. Lo de familia no es una metáfora: soy más o menos la tieta del director actual, Tony Ulled Nadal, la hermana de sus padres Elisenda y Jesús (y de Jaume Figueras, de paso: otro pariente, clan de sangre cinéfila, el nuestro). Fui también, durante unos años, segunta mitad de los 60 y primera de los 70, una de las personas que la hacían.

Celebro el 2000 con amor pero sin nostalgia, porque lo que tuve fue muy bueno, pero lo que tengo tampoco está mal.

Contagiada por el amor al cine que desprende el joven Toni, y a la salida de un programa de radio en el que hemos participado los dos, he ido al fnac de L’Illa, a por músicas y, de paso, me he dejado tentar por un libro irremediable, brutal, hermosamente cinéfilo y glamuroso (dos términos que Fotogramas puso de moda).

“Los tesoros de Audrey Hepburn” es un libro gordo y caro, que me he regalado porque este año no estuve por Sant Jordi en Barcelona, ni visitaré el Retiro por la Feria en curso.  Muchos de vosotros seguro que lo conocéis, pero como yo vivía e Beirut hasta ahora, y allí no había llegado, pues he tenido el placer  de descubrirlo. Está lleno de pijadas y fetiches, de copias de certificados, de fotos familiares. Tal como promete su subtítulo: “Fotografías y recuerdos de una vida llena de estilo y determinación”.

A mí Audrey Hepburn me emocionaba y sigue haciéndolo. En películas, en fotos. Su simple recuerdo. Era digna. Era elegante. Era buena. Despertaba en mí sentimientos muy dulces. Creo que los suscitaba en mucha gente, que su éxito se debió en gran parte a la limpieza de su mirada, a la confianza que inspiraba su sonrisa.

Estos días he recordado una anécdota. Hace años, con motivo de su cumple, Jaume Figueras ofreció a sus amigos la proyección de una película de Billy Wilder que, por entonces, resultaba difícil de conseguir, por uno de esos líos entre producción y distribución… La peli era Love in the afternoon (1957), que en España se estrenó como Ariane.

En la butaca vecina a mí se sentó Toni, por entonces un crío. Cuando terminó la proyección, nos miramos. Los dos llorábamos.

Ya digo, una vida en el cine da mucho de sí.