Apuntes 3

16 09 2014

Mercado de fruta y verduras, Gran Canal

 

 

 

 

Hay algo placentero -llamadme conformista, llamadme sabia- en reconocer que mi actividad física se reduce a dar cortos paseos con muletas pasillo arriba y abajo (con un bolso pequeño colgado del cuello para llevar los teléfonos), y, ya de nuevo en la posición de a sus órdenes, doctor, deeeescanseeen, apretar los muslos para relizar modestas pero constantes contracciones para reforzarme isométricamente hablando.  Reconocer que las millas y kilómetros que puedo recorrer en este estado -por largo que sea el tiempo, tiene arreglo quirúrgico, no me quejo- son de nubes y vientos, de recuerdos y caminos en el agua. Por consiguiente -oh, latiguillo del Jarrón Chino Cebolleta-, dedico mis fuerzas a tareas que se encuentran a mi alcance. Y estos días me ha dado por archivar. Ya que no puedo con los papeles ni las carpetas ni los libros, dedico mi intangible talento a poner orden en ese otro armatoste, el digital, cuyo contenido ha ido creciendo en tropel. ¿Os acordáis de cuando usabamos cámaras con tarjeta, antes de que los móviles nos metieran en el lugar sin límites, o sin otro límite que la evanescencia? Pues bien, sí: montones de diminutas SD, de muchas marcas, algunas my exóticas: Toshiba, Kingston, Dikom, Lexar,  Sandisk, Kodak, Pretec, Peak, MC,  All Around… Made in Taiwan o en cualquier otro sitio con mano de obra barata. Da lo mismo, han servido para preservar mi memoria en un soporte externo. Parte de ella, porque tengo varias cajas grandes con fotos de papel, de las que he escaneado solo una mínima porción, la imprescindible: infancia, adolescencia, juventud. Las Kingstom me las proporcionaba Mohamed, un beirutí del barrio chíi de Haret Hreik, que cuando los bombardeos israelíes del verano de 2006 se quedaba a dormir en la tienda de fotografías de Hamra, en donde trabajaba.

Claroscuros

Resulta apabullante la revisión metódica, por países, por momentos. Naturalmente, dada mi torpeza, me he salvado de tener que clasificar muchísimas más, pues antes de la foto digital fui muy torpe, y sólo tengo fotos que me hicieron. Desde que surgieron las facilidades y comprendí que fotografiar era mejor que tomar notas, es una avalancha, una inundación.

Una feliz inundación.

Y también un ataque de pánico, relacionado con el líquido elemento. ¿Dónde demonios están las fotos que hice durante mi estancia en Venecia, a finales del invierno de 2009, para encontrarme allí con Irene y Francesca? Como suele decirse, al comprender que podía haberlas perdido “un sudor frío me cubrió de pies a cabeza”.  Recordé los cambios de ordenador, por defunción del mismo, los reseteos… Plot, plot, plot. Afotunadamente recordé que había trasdisqueado -traspapelado era lo otro- el disco duro externo que en un momento de lucidez me compré, y al que no hice ni caso, fascinada por los pen que poseo a decenas, soy incorregible.

Y aquí está: Venecia. Os diréis: canales, góndolas, puentes con o sin suspiros, la hermosa planicie de San Marcos. Yo recuerdo, aunque no los fotografié, los empinados peldaños que conducían al vestíbulo del hotelito -sin calefacción,

Aire para el espíritu

modesto, ¡pero en el Gran Canal!-, los interminables sube y baja en los embarcaderos, y, con toda mi admiración, a las mujeres que van al mercado y arrastran sus compras con el carrito por las callejuelas, las escaleras, los vaporetti… Son heroínas, como tantas otras, aunque no lo sepan. Si yo fuera una buena fotógrafa, hoy estarían aquí. En su lugar, otras cosas.

Lo más emocionante de este recorrido mío es que he descubierto fotografías que había olvidado que poseía, o que alguna vez me poseyeron. De ellas os hablaré más adelante, en estos Apuntes que me sirven para apuntalarme por dentro, para asirme a aquello  a lo que pertenezco, y que se revaloriza cuando sé que lo quiero compartir.

Memorias, salvavidas, cuerdas de aquellas que antes iban de balcón a balcón, intercambiando mercancías.