Queridos asomadores

16 12 2011

Tengo un día loco -ayer también lo fue- haciendo los preparativos para irme esta tarde a Roma. De modo que os dejo a los unos con los otros y las otras con las unas y todos con todas, etcétera. ¡Me llevo la Leica! Y el artilugio para subir las fotos a mi Mac Air. O sea, que no va a faltarnos de nada. Cuidaos.



En otro orden de cosas

13 12 2011

Entre escritura de novela, de artículos, y de juergorras varias, preparo con ilusión mi inminente nueva visita a Roma (¡con Leica!). Allí me espera, como siempre, Irene, en cuya casa hice las fotos que os mandé después del último viaje. Creo que ya os he contado que esta vez voy a un hotel muy majo que está al lado del Pantheon. He pedido vistas porque, si vas a Roma, ¿cómo demonios vas a dejar de contemplarla? La plaza a la que da el hotel tiene el elefantito con obelisco de Bernini. Como siempre que duermo en hoteles, dejaré las contraventanas abiertas, para que me despierte el día. Uf, como seguiré escribiendo novela, ahora que lo pienso me despertaré yo antes que el día. Pero lo recibiré.

Además de Irene me espera Francesca, que ya tiene entradas para que vayamos todos al Primo Concerto di Natale, Haydn, en el Auditorio: con luces navideñas, precioso. Primero tomaremos un aperitivo y luego iremos a cenar, ¡con el director de orquesta!, que es amigo de Francesca. Tengo tantas ganas de que me cuenten cosas de cómo va todo en Italia, y de las manifestaciones que hicieron las mujes el domingo. Porque, como dicen ellas: “Ha cambiado el Gobierno, ahora hay que cambiar el país”.

A Francesca Caferri, hoy en día editora de Oriente Medio en la sección de Internacional del diario La Repubblica, la conocí en Rabat hace años, con motivo de un seminario sobre mujeres del Mediterráneo. Asistí a su intervención y en un momento dado, para mi sobresalto, hizo un elogio de mis trabajos sobre Líbano. Terminada la charla me acerqué tímidamente y me presenté: “Sono Maruja”. De aquel encuentro surgió una amistad que va creciendo, pese a la distancia. Un buen día salí a uno de los balcones de mi casa de Beirut y allí estaba, en un balcón de la casa de enfrente. Resulta que ella -que conoce muy bien Oriente Medio y Próximo, que ha estado en todos los países y pasado por todo -y que no tiene más que 32 años, creo-, porque es una periodista de campo, estaba viviendo esos días en casa de su novio, John, que también es periodista. ¡Y justo en la casa de enfrente! A veces me hacía fotos, cuando yo salía a desperezarme recién levantada. Mónica G. Prieto se quedó en su casa de Beirut con la planta que Francesca me regaló, y la cuida mucho y bien. “Es como eso que hacemos las mujeres, pasarnos la sabiduría de unas a otras”, me dijo hace poco, cuando le conté que su planta está estupenda. Las casualidades nos unen. Es una mujer fina, elegante y no sólo de porte: es bella por dentro, y está llena de dignidad. Hace bien su trabajo y, como les ocurre a los buenos reporteros -sobre todo a las buenas reporteras- el jefe siempre encuentra a un machito menos valioso e inteligente pero más adaptable para mandarlo de corresponsal en la zona, que es lo que siempre quiso ser. No obstante, el ejercer como editora de Internacional le permite velar por la información, con su insobornable decencia profesional. ¿Se nota que la quiero mucho? No sólo eso, me fascina que ella también me quiera. A pesar de su juventud carece por completo de esa ambición navajera que se ha apoderado de muchos -y muchas- jóvenes reporteros, de esa soberbia paranoica que les hace creerse más de lo que son y creer tener más de lo que tienen, y temer que se lo arrebaten. Francesca, elegantemente, trabaja. Y trabaja bien. ¡Y voy a conocer a Leo, su primer bebé! Ser editor es lo que tiene: te permite ser madre con más tranquilidad que cuando viajas de un sitio a otro.