Ahora mismo

10 05 2015

 

 

Anochece y hago esta torpe foto con mi ordenador desde el jardín de la casa de mis amigos en Salobreña, en donde paso unos días después de haber estado en Málaga, invitada por Bibliotecas para hablar en el marco de la Feria del Libro. Esto es una maravilla. Qué calidad de vida. Leo mucho y espero escribir algo, que ya va siendo hora. La gimnasia da sus frutos y empiezo a poder viajar. Disfruto mucho. Os mando un abrazo grande.



Apuntes

6 09 2014

Ruinas de Baalbek, templo de Baco.

Hay un momento en la mañana en que me prepararía un tercer café, y entonces tengo que decirme: ya llevas dos, y eran dobles, es decir, cuatro. Y me freno.  Entonces me pongo a pensar en todos los frenazos que el cuerpo va imponiendo. El más evidente, el de los huesos. Los míos pagan cada vez más caro el precio de moverme de un lado para otro, de una ciudad a otra, de una amistad a la siguiente. Y hoy mismo, después de una semana de reposo obligado por rodilla manifiestamente fatigada, vuelan por mi mente imágenes de otros lugares por los que paseé, después de mis múltiples caídas y accidentes óseos, con prótesis en una o en las dos piernas, con yeso, con rodilleras, con una o con dos muletas. Y me echo a reír mientras me recuerdo tanteando con la muleta derecha, buscando un cruce amable en una ajetreada avenida cairota, buscando un tío al que pegarme, con el que protegerme, porque una mujer mayor y con muletas no amilana precisamente a los conductores: está amortizada. Me veo llegar al aeropuerto de El Cairo en silla de ruedas, tratada con enorme consideración y, en el momento de ponerme en pie para recorrer por mí misma el ya despejado camino, caer de nuevo debido a la diligencia de un empleado, que arrojó delante de mis pies un cubo de agua jabonosa. Esa maldita afición oriental a baldear para fregar… Al menos, esa vez arrastré conmigo a una azafata de tierra, empañuelada y con gorra de visera, que pretendía ayudarme.

Pero hubo aquella ocasión, en las ruinas de Baalbek, en que pasé de piedrón en piedrón, saltado casi, a los pies del templo de Baco, y aquella otra en que caminé completamente a oscuras, por una calle de Beirut, gritando una crónica por un teléfono móvil de aquellos de antes, enorme, y sin tropezar.

Hay recuerdos que crecen y se embellecen a mayor velocidad de la que usan los cartílagos para desgastarse.